¡Guau! ¡Qué festín de Luau!

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Recientemente, un plácido y soleado domingo por la mañana, un alborotado grupo de unos 20 miembros de la Confraternidad Cristiana Luz y Vida, de Long Beach, California se distribuyeron y abarrotaron algunos vehículos que previamente habían sido cargados con cajas de leis, equipo musical, decoraciones “isleñas”, artículos para manualidades, y juegos y actividades  varias.

Unos noventa minutos después. La pequeña caravana se dirigió al campus de Hogares Residenciales Mountain Shadows, de Escondido, California. Mountain Shadows es una hermosa comunidad de 18 hogares en 5 acres (una hectárea, aproximadamente), especial para personas discapacitadas mental y físicamente. Los residentes viven en unidades de seis camas, estilo familiar,  distribuidas en torno a un área recreativa semejante a un parque. Más o menos 80 por ciento de los 120 residentes utiliza silla de ruedas o dependen de algún otro aditamento médico para su movilidad. Todos necesitan algún tipo de ayuda en sus actividades diarias. Sus edades oscilan entre los 18 y más de 60 años, y sus discapacidades van desde ligeras hasta severas. Algunos no tienen ningún familiar, las familias de otros viven demasiado lejos para permitirles visitarlos regularmente, de modo que Mountain Shadows es su casa.

A pocos minutos de haber llegado, el pequeño grupo de Luz y Vida comenzó a instalar su equipo de audio y las decoraciones que transformarían el gazebo, especie de kiosco situado al centro, y su área circundante, en un espacio festivo y comedor temporal, con frondas de palmas artificiales, antorchas de cartón, y el consabido perico de plástico, listones o flores artificiales, y, por supuesto, miles de globos de colores.

Los residentes, expectantes, habían estado esperando el arribo de la caravana. Los curiosos y los más emotivos poco a poco comenzaron a llegar hacia el lugar de la algarabía y las risas—algunos en sillas motorizadas, otros, escoltados por sus cuidadores, pero todos con muy amplias sonrisas. Muchos gritaban saludos a la distancia cuando reconocían a los distintos miembros de Luz y Vida por visitas anteriores. Los residentes más tímidos observaban el remolino de actividad desde porches protegidos, u ocultos parcialmente tras las persianas de sus ventanas.

Algunos de los residentes inmediatamente llenaron el espacio del kiosco con sus sillas de ruedas y se unieron al ambiente festivo y a una alegre sesión de karaoke. Éxitos de los 70 y 80 con memorables y decididos coros parecían ser los preferidos. Otros esperaban pacientemente mientras les arreglaban sus uñas  o recibían un corte de pelo. Muchos colocaban con orgullo sus coloridos leis, mostraban sus tatuajes temporales o adornaban sus sillas de ruedas con nuevas decoraciones. Un ruidoso y desordenado juego de mesa comenzó en otro espacio mientras que algunos de los más tranquilos residentes se sentaron con nuevos amigos de Luz y Vida y se dedicaron a armar rompecabezas  o a hacer proyectos de iluminación de dibujos.

A la caída de la tarde, surgió una competencia de “danza” con movimientos de sillas, de pies calzados con sandalias moviéndose al ritmo de la música isleña.

Las risas y la amable competencia dominaron el momento durante algunos juegos de grupo—adaptados, por supuesto, para acomodar las sillas de ruedas y otros retos con objetos de movilidad. Hubo abundantes fotos de celulares , y “selfies”.

Al caer el sol detrás de las montañas al oeste, y comenzar a sentirse la brisa vespertina, todos los participantes se reunieron bajo el techo del kiosco, cantaron algunos himnos. Y se dio fin a la reunión.

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