Danos Hoy Nuestro Trabajo Cotidiano

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Imagina la pila más alta de papeles de trabajo que jamás hayas visto sobre tu escritorio. Si aborreces las pilas de papeles y luchas sistemáticamente con el papeleo para prevenir tales cosas, quizás puedas imaginarte la pila de papeles sobre el escritorio de un compañero de trabajo.

Una tarde de marzo hace casi 10 años, tuve un descubrimiento. La pila de papeles estaba más alta que nunca. Era el fin de mes, lo que significaba que llegaría el temido e inevitable correo: “Por favor entregue sus estadísticas mensuales. Las estoy esperando”. Mi compañera de trabajo, quien me envió este correo, también me pescó cuando traté de pasar furtivamente por su escritorio. Vi la mirada en su cara, y lo escuché en su voz. Esa mirada en ese día fue un parte aguas en mi manera de pensar, mi actitud y manera de operar en el trabajo.

En el rostro de mi compañera de trabajo vi que estaba causando más que una pequeña inconveniencia. Empecé a imaginar todas las maneras que mi tardío papeleo impactaría su vida. Con frecuencia ella se quedaba trabajando tarde y llegaba temprano. No tenía en buena salud; el descanso insuficiente causa enfermedades. Entregar mi papeleo tarde significaba que ella tendría que sacrificar tiempo valioso con su familia. En lugar de una sonrisa cuando pasara por su escritorio, me dirigiría una mirada de decepción o quizás hasta un ceño fruncido.

La pila de papeleo se tenía que hacer. ¡Era un fastidio! Mi mente estaba inundada con preguntas: ¿Cómo podría hacerlo todo en las dos horas antes de que llegara el tiempo de salir al final del día? ¿Cómo podría sobrevivir dos horas enteras de papeleo y permanecer en mi juicio? Estaba desesperada, así que oré.

Orar por el papeleo escasamente había cruzado antes por mi mente. Incluso entonces me parecía extraño. Me parecía extraño orar por el papeleo, y me parecía extraño entonces, que realmente nunca antes había pensado orar por el papeleo.

Durante esta etapa de mi vida, estaba aprendiendo mucho sobre cómo vivir en obediencia receptiva a Jesús en todas las áreas de mi vida. Era claro que tenía mucho por aprender. Me sentí como una principiante en el proceso de discipulado cuando frecuentemente me percibía a mi misma como todo lo contrario. De hecho, había tomado la decisión de seguir a Jesús hacía casi 20 años. Dios me había llamado al ministerio. Estudié la Biblia en los lenguajes originales y me había graduado de la universidad y el seminario. Todo esto, junto con 15 años de servicio como pastora y en otros roles de ministerio, y ahora, en mi caminar cotidiano con Jesús en la vida, me sentí como si estuviera de nuevo en el jardín de niños.

Jesús recibió a los niños y retó a los discípulos, ya mayores, que “si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3).

Era humillante estar en un lugar de ¡kindergarten a los 35 años! A veces me llevaba al límite y era un proceso doloroso, pero me aseguraba día a día que mi Señor que vive estaba conmigo y en mí. Él era mi maestro en todo.

Orar por mi trabajo, empezando con esta pila de papeleo fue difícil al principio. Pero oré sobre lo difícil que era. Le suplique a Dios: “Por favor, muéstrame porqué orar por este papeleo es tan difícil”. También le pedí a Dios que me mostrara cómo haría Jesús mi trabajo si Él fuera yo.

En mi imaginación, traté de ver a Jesús haciendo mi trabajo. ¡Ajá! Eso era. En el centro de este problema con el papeleo estaba esta sutil mentira que yo había creído (y probablemente sin saberlo la había perpetuado). Realmente no pensaba que Jesús haría mi trabajo. Era demasiado pequeño. Era demasiado insignificante. Era muy secular. Habiendo sido una cristiana profesante por años, yo había creído la mentira de que el trabajo que no era excesivamente cristiano no era la clase de trabajo de Jesús.

Antes de este descubrimiento, no hubiera admitido que pensaba que mi trabajo era demasiado pequeño y secular para ser la clase de trabajo digno para Jesús. Sin embargo, esa idea había reinado en mi pensamiento y había estado afectando mi actitud sobre mi trabajo. Este pensamiento era una mentira. La razón por la que estaba teniendo problemas para orar por mi papeleo era que yo pensaba de alguna manera que era un trabajo ajeno al reino de Dios.

La verdad es que el trabajo es bueno porque fue instituido por Dios. En Génesis 1:26-31 dice que la mujer al igual que el hombre fueron creados para cuidar de la tierra. Se nos da trabajo para que lo hagamos con todo nuestro ser. El trabajo fue un don para los primeros humanos y su trabajo fue bendecir el mundo que Dios había hecho. Fundamentalmente, el trabajo trae el bien a los demás. Es necesario, pero no era la intención de que fuera algo monótono. Toma nota de que no se menciona que el sudor humano viene del trabajo hasta después de que el pecado entró en el mundo. La monotonía en el trabajo es frecuentemente lo que sentimos cuando no aceptamos el trabajo como un don. Es también nuestra actitud cuando lo vemos de alguna manera fuera de lo que Dios está haciendo en el mundo.

La naturaleza del trabajo diario nos recuerda que cuando Jesús estaba instruyendo a sus discípulos sobre la oración, puso justo en medio una petición para el pan de cada día. Es un recordatorio de que nosotros dependemos de nuestro buen Padre para darnos lo que necesitamos. Dios diseñó nuestro trabajo cotidiano para traer bendición y el bien al mundo. Nosotros hacemos nuestro trabajo como hijos obedientes y responsivos.

Hacemos nuestro trabajo diario para Jesús, en la forma de Jesús, con los recursos de Jesús y para su gloria. Esto es precisamente lo que Pablo quiere decir con esta exhortación en Colosenses 3:17: “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él”.

Roberta Mosier-Peterson, D.Min., es la pastora de la Iglesia Metodista Libre Oakdale, de Jackson, Kentucky, y es presbítero ordenada. Visita pastortiedye.blogspot.com para otros de sus escritos.

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