Me Recibiste

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Una de las más grandes aventuras de mi vida fue cruzar el Océano Atlántico a los 16 años con todas mis pertenencias en una maleta, solo (pero no solo) y llegar a una tierra donde no conocía absolutamente a nadie.

Los primeros 16 años de mi vida habían sido memorables.  Había crecido en una familia pobre, pero casi todos los demás a nuestro alrededor eran extremadamente pobres, así que a mí no me importaba mucho.  Mis primeros años transcurrieron durante la Segunda Guerra Mundial con los bombardeos, muertes y heridas.  Pero mi familia y comunidad eran amorosos y caritativos y enfrentamos la opresión juntos. Nos íbamos a la cama y justo cuando acabábamos de quedarnos dormidos empezaban las alarmas antiaéreas.  Mis hermanas mayores me envolvían en una cobija y me cargaban al sótano donde había un refugio improvisado.

Entonces terminó la guerra.  Los días felices habían llegado.  Nuestra familia empezó a prosperar.  A pesar de algunas luchas, incluyendo maestros abusivos en la primaria, la vida era buena.  Nuestro maravilloso Señor hablaba a mi corazón.  En las escuelas públicas de Yorkshire, un condado en el norte de Inglaterra, empezábamos cada día con una asamblea donde leíamos las Escrituras, cantábamos un himno y orábamos.  Cuando yo tenía 11 años, mi mejor amigo me invitó a la escuela dominical en su iglesia.  Asistí a esa iglesia por el resto de mis años en Yorkshire.

Entonces mi prima Mabel me introdujo a los albergues juveniles.  Me escapaba de la sucia ciudad industrial de Wakefield muy frecuentemente y pasaba agradables tiempos en la naturaleza, los montes y los valles de los campos abiertos.  Mientras caminaba solo en una de esas ocasiones, tuve un encuentro con Jesucristo, y mi vida cambió para siempre.

A la edad de 13 años, caminaba un Viernes Santo cruzando un campo cerca de Otley.  Meditaba sobre el porqué el Viernes Santo era llamado bueno (Good Friday). Luego entendí que el viernes Santo era llamado bueno porque lo que Cristo había hecho era una cosa buena, y Él lo había hecho por mí.  Como diría Juan Wesley: “mi corazón estaba extrañamente conmovido”. Tenía mucho que aprender y experimentar, incluyendo la confesión, el perdón, arrepentimiento, completa sumisión, restitución y demás, pero desde ese momento en adelante, sentí la presencia interna de Dios llevándome y dirigiéndome por el laberinto de la vida.

Y ahí estaba yo cruzando el Atlántico a la edad de 16 años.  Dije que estaba solo, pero no lo estaba porque el Señor estaba conmigo y me cuidaba.  Yo no conocía a nadie de este lado del “charco” excepto al tío de mi madre, Peter Salt, quien vivía en East Liverpool, Ohio.  El Señor motivó a Tío Peter, quien estaba a principios de los 80, a mandarme lo del pasaje para que pudiera venir y quedarme con él.  Me estaba dando la misma oportunidad que le habían dado a él cuando vino a los Estados Unidos como inmigrante.  Mi madre siempre decía, “donde hay voluntad, hay manera”.  Yo digo cuando Dios lo quiere, abrirá el camino.

Cuando veo mi vida en el pasado, veo cómo nuestro maravilloso Dios me guió en todo el camino.  Ignoró mis fallas y vio mis necesidades.  Después de mi conmovedora experiencia, y hasta que crucé el Atlántico, no estaba obteniendo mucho progreso espiritualmente.  No tenía mucha dirección espiritual.  El ministro de mi iglesia en ese tiempo hablaba sobre darle vuelta a la página y hacer el bien, pero no decía nada sobre lo que decía Cristo y el verdadero discipulado.  Entonces  Dios me trajo al punto de un nuevo comienzo en mi vida.

A la mañana siguiente de haber llegado al Este de Liverpool, fui con Tío Peter al servicio en el Ejército de Salvación.  Durante el servicio, Tío Peter se levantó y fue al frente, dio la vuelta hacia todos, y contó lo que el Señor estaba haciendo en su corazón y su vida.  Entonces esa noche, Elsie Stansbury, la señora que limpiaba la casa de Tío Peter, vino y me invitó a asistir al servicio de la noche de la Iglesia Metodista Libre, que estaba tan solo a una cuadra de la casa de Tío Peter.  Así que inmediatamente, fui cuidado por fieles, caritativos,  y amorosos seguidores de Jesús.  Empecé a leer y estudiar la Palabra de Dios.  Crecía en gracia y en el conocimiento de Dios.  Pero me sentía llamado a más que la vida contemplativa, así que empecé a enseñar en la escuela dominical y en el servicio de la mañana en la Iglesia Metodista Libre, dando clases dominicales en el Ejército de Salvación en las tardes.  Mis domingos pronto empezaron a verse de esta manera: Escuela dominical y servicio en la mañana en la Iglesia Metodista Libre, dar clases los domingos en el Ejército de Salvación, en las tardes, y el servicio de los jóvenes, y servicio evangelístico en la Iglesia Metodista Libre en las noches.  Algunas veces yo dirigía el servicio de los jóvenes.  El pastor W. P. Jones se hizo amigo mío y cuando tenía servicios evangelísticos fuera de la ciudad, yo viajaba con él.  La Iglesia Metodista Libre pagaba mis gastos para que fuera al campamento de jóvenes por una semana.  Los hombres de la iglesia me daban palmadas en los hombros para animarme.

Cuando me gradué de la facultad de administración de empresas, seguí la dirección del Señor y me mudé a la gran ciudad de Cleveland, Ohio.  Ahí, me convertí en ministro laico certificado en la Iglesia Metodista Libre, y también serví como pastor suplente por un año.  Sobreviví 17 años de clases universitarias nocturnas (bachillerato y leyes), y me convertí en contador público y abogado.  Aún practico las tres profesiones.

Iglesia Metodista Libre, gracias por recibirme, un pobre muchacho inmigrante  que tenía que repetir tres veces lo que quería decir para que me entendieran.

Gracias Padre Celestial, por Tu dirección y mano de apoyo.

Brian Thompson es abogado, contador público y ministro laico en CrossPointe Community en Westlake, Ohio. Recientemente publicó su autobiografía “If I Settle on the Far Side of the Sea” (Si me Establezo en el otro Extremo del Mar).

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