Confesiones de un Pastor sin Amor

confess2017

“Profesar sin amor una vida santa es como un pozo sin agua, una estufa sin fuego, es como un árbol sin fruto” B. T. Roberts.

Permítaseme iniciar con una confesión; la gente me es una molestia. Cuando las personas me molestan, tiendo a dejarme llevar por una especie de marco de indiferencia en el que trato a las personas como tontas y malas, y en general no dignas de confianza. Puedo utilizar toda clase de justificaciones de capítulos y versículos para este marco en particular “Pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Pensemos también en las letras rojas de Jesús en Marcos 7:21—23: “Porque de adentro, del corazón humano, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la necedad. Todos estos males vienen de adentro y contaminan a la persona.

El mal y la insensatez, aquí en las palabras de Jesús. Si el capítulo y versículo no son suficientemente convincentes, con solo seguir cualquier noticia del día por unos momentos nos proporciona una interminable cantidad de evidencias de una humanidad insensata, mala y nada digna de confianza. La maldad humana es obvia, pero ¿Eso es lo que define a la gente? ¿Cómo se puede esperar que yo ame a las personas cuando son tan pecadoras, mal informadas y maliciosas?

Seguir con mi marco de indiferencia me ha llevado a tratar a las personas de tres maneras que quedan bien privadas de amor. Primero: A causa del estado lamentable de la humanidad, yo trato a las personas como problemas que necesitan solución. Cuando percibo a las personas como problemas, mi tarea como persona y como pastor consiste en identificar las faltas de otras personas para poder prescribir de forma apropiada algo de la Biblia que sirva para remediar la situación. Cuando reconozco un problema moral, un problema espiritual, un problema relacional, o un problema en el pensamiento de las personas, mi marco de indiferencia me lleva al diagnóstico y a la prescripción o receta. Una vez que identifico y resuelvo el problema, puedo pasar al siguiente, pues al parecer, la gente no deja de ser problemática. El diagnóstico y la prescripción son cosas que yo puedo hacer para resolver las situaciones de las personas, aunque no las ame.

Cuando las personas están tan dispuestas a ventilar sus problemas en las redes sociales, mi tarea de identificar sus problemas se hace mucho más fácil. Trato a las personas como perfiles que hay que revisar. Cuando puedo abrir mi “Messenger”, corregir las faltas con la información que ahí se encuentra, y compartir la plenitud del evangelio en 140 caracteres, hace que mi tarea sea mucho más fácil. Los perfiles y presentaciones de las personas en la internet me dicen cómo son realmente, ¿no es verdad?  Pensar que los perfiles de las personas me permiten aparentar como si estuviera totalmente  involucrado ofreciendo soluciones sin el fastidio de la interacción humana de amor.

Infortunadamente, yo solo no puedo hacer todo el trabajo de la iglesia, a pesar de mis mejores esfuerzos. Algunas veces necesito que personas problemáticas hagan cosas para que la iglesia pueda funcionar. En ese momento, trato a las personas como productos que puedo utilizar. Todo lo que tengo que hacer es considerar si el perfil va de acuerdo con la tarea y luego dispongo a las personas para que hagan las cosas que yo quiero que hagan. Si las personas problemáticas llevan a cabo lo que yo quiero que hagan, de la manera como yo quiero que las hagan. Entonces me son útiles. Si las personas llenan todos los requisitos que les pido, entonces puedo sentir algún afecto por ellas. Increíblemente, cuando las personas comienzan a estar de acuerdo conmigo, me parece que son menos tontas. Cuando las personas comienzan a hacer lo que yo quiero que hagan, comienzan a parecerme menos malas y mucho más fáciles de amar.

Confieso que mis conceptos estándares de la gente son tenebrosos y destructivos. Confieso que es más fácil dejarme llevar por mis estándares que escuchar al Espíritu Santo. Confieso que he confundido corregir a las personas con amarlas. Confieso que he confundido ver los perfiles en lugar de conocer a la gente. Confieso que he tratado a las personas como si su valor dependiera de su utilidad. Amado Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, pecador.

El Mandamiento de Amar al Prójimo

Como seguidores de Jesús, nosotros somos llamados a imitarlo amando al prójimo, Juan 13:34-35 dice: “Este mandamiento nuevo les doy, que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros. De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros”. Celebrando la Pascua con Sus discípulos, y viendo hacia la cruz, Jesús deja a Sus discípulos este nuevo mandamiento de que amen unos a otros.

Tenemos el mandamiento de amar a los de nosotros: nuestros hermanos y hermanas dentro de la iglesia. Más allá del mandamiento en sí, la razón para amarnos unos a otros es que Jesucristo nos amó a nosotros, y como Sus seguidores que somos, nuestro deber es hacer lo que Él hace. El amor de los unos a los otros es una señal al mundo que nos observa que somos verdaderos seguidores de Jesús. El amor que brindamos a nuestros hermanos cristianos debe ser sin condiciones ni requisitos. Este amor agape no depende de cómo nos tratan nuestros hermanos discípulos o de lo que hacen por nosotros.

Jesús nos da este mandamiento de amarnos después de lavar los pies de alguien que le habría de negar y después de servir el pan y la copa a alguien que le habría de traicionar. La clase de amor que Jesús nos invita a brindarnos unos a otros es un amor que siempre da la bienvenida y se complace con el otro, aunque no sea correspondido.

En su libro “Life Together” (La Vida Juntos), Dietrich Bonhoeffer nos recuerda que Dios no hizo a esa persona como nosotros la habríamos hecho. Él no me dio a esa persona como hermano para que yo la dominara y controlara, sino para que por medio de ella yo encontrara al Creador”. Bonhoeffer continúa recordándonos que nosotros debemos amar a nuestras hermanas y hermanos con un “amor espiritual”, el cual lo ama “por amor a Cristo.”

A la vez que amamos a los de adentro, tenemos el mandamiento de amar a nuestro prójimo; aquellas personas que no son parte de nosotros. En Marcos 12:28-31 después de que un escriba había preguntado cual era el principal mandamiento, Jesús dice: “El más importante es: “Oye Israel. El Señor nuestro Dios es el único Señor”. Contestó Jesús: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. El segundo es: “Ama a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más importante que estos. Tenemos que amar a los nuestros, y a los de afuera con la misma clase de amor con el que nos amamos unos a otros.

Nuestro prójimo es todo el que pertenezca a cualquier tribu, lengua o nación. No se nos manda que amemos a nuestro prójimo poniendo condiciones. Del mismo modo que no podemos comprar el amor de Jesús, nuestros prójimos no deben comprarnos el amor por ellos. El amor que brindemos a nuestro prójimo debe darse tan libre y profundamente costoso como la gracia y el amor dados a nosotros en Cristo Jesús. En las palabras de Thomas Merton: “Nuestra tarea es amar a los demás sin detenernos a investigar si lo merecen o no. Eso no es negocio de nosotros, y de hecho, no es negocio de nadie. Lo que se nos manda que hagamos es amar, y este amor por sí mismo nos hará dignos a nosotros y a nuestro prójimo.”

Infortunadamente, algunos de nuestros semejantes son abiertamente hostiles. Además de amar a los de adentro y los de afuera, Jesús nos invita a amar a nuestros enemigos.

“Ustedes han oído que se dijo: ´Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo´. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa recibirán? ¿Acaso no hacen eso hasta los recaudadores de impuestos? Y, si saludan a sus hermanos solamente, ¿qué de más hacen ustedes? ¿Acaso no hacen eso hasta los gentiles? Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto” (Mateo 5:43-48).

La misma clase de amor-agape que brindamos a nuestros hermanos, hermanas, y a nuestro prójimo, Jesús nos invita a extenderla a nuestros enemigos. Debemos ir a nuestros enemigos con una actitud de oración, reconociendo que las misericordias de Dios están absolutamente disponibles para ellos como lo están para nosotros. Posiblemente no es una casualidad que el llamado a “ser perfectos como su Padre celestial es perfecto” venga en relación con amar a nuestros enemigos. El amor-agape es inagotable. Recorre la milla extra y da la prenda extra incluso a los que nos odian. El amor-agape es hospitalario y nos invita a entrar. Dejados al marco de nuestra indiferencia, nosotros preferimos evadir a nuestros enemigos, insultar a nuestros enemigos, o derrotar a nuestros enemigos. Solo en Cristo podemos llegar a amar a nuestros enemigos. Cuando éramos pecadores y enemigos de Dios, Jesús nos amó y dio Su vida por nosotros. Es posible que no haya una barrera más grande a nuestra habilidad de ser completos, plenos y maduros (o sea, perfectos) de la misma manera en que Dios lo es, que nuestra falta de habilidad para amar a nuestros enemigos.

Cambiando nuestro Marco de Indiferencia

Por su gracia abundante, Dios no nos ha dejado a merced de los estragos de nuestros estándares fallidos. Cuando el Espíritu Santo va produciendo frutos en nuestros corazones y vidas, llegamos a descubrir que las personas no son problemas que resolver; son creación de Dios que podemos disfrutar. Antes del pecado y sus consecuencias, Dios bendijo a la humanidad y llamó buenos a los seres humanos. Cuerpo y alma, todas las personas son “creación admirable” (Salmo 139:14). Nuestra tarea no consiste en el de reparar todas las fragilidades humanas, sino amar a santos y pecadores por igual como Cristo nos amó a nosotros.

Cuando el Espíritu Santo nos va madurando, llegamos a darnos cuenta que “las personas son perfiles para ser observados; son seres completos que debemos conocer”. Cuando tratamos a las personas como virtuales, terminamos amándolas en hechos y palabras, o en clicks y comentarios. Un amor así es precisamente lo que 1 Juan 3:18 nos dice que no hagamos: “Queridos hijos, no amemos de palabra ni de labios para afuera, sino con hechos y de verdad”. Como seguidores de Jesús, no nos es permitido arreglarlo con el simple toque del emoji en forma de corazón, y luego afirmar que ya hemos amado a nuestro prójimo. Las personas tienen un cuerpo, sufren hambre y sufren sed. Sentimos dolor y sufrimiento. Amar a las personas en verdad significa convertir los perfiles en vasos de agua fresca, posesiones materiales e incluso sacrificios. Jesús no solo proclamó su amor desde la montaña o desde un escritorio sagrado. Él tocó a los leprosos con sus manos. Lavó los pies de sus discípulos. Llevó los malos tratos en su propia carne, la corona de espinas y los clavos, todo por Su amor por Sus discípulos (los de adentro). A sus prójimos (los de afuera). E incluso por los que le arrebataron Su vida (sus enemigos).

Cuando comenzamos a amar a Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas, llegamos a darnos cuenta de que no somos Dios, y estamos muy lejos de ser lo grandes que pensamos ser. Nos damos cuenta que el valor de los seres humanos no depende de nuestras opiniones acerca de ellos,  o de su utilidad. Las personas no son productos para servirse de ellos; las personas llevan la imagen de Dios. Nuestro amor por las personas no debe basarse en lo bien que se adaptan a nuestra voluntad y caprichos. El valor de los seres humanos no es un producto de las preferencias o los hechos de las personas. El valor de los seres humanos se deriva de seres humanos creados a la imagen de Dios. Debemos llegar a amar la imagen de Dios en cada persona sin importar sus pecados o su santidad, nuestras definiciones y categorías. En su libro “In the Name of Jesus” (En el Nombre de Jesús), Henri Nouwel escribió: “Parece más fácil ser Dios que amar a Dios, más fácil controlar a las personas que amar a las personas, más fácil apropiarse de la vida que amar la vida” (fmchr.ch/hnitnj).

Si hemos de “amar a Dios, amar al prójimo y hacer discípulos” (fmcusa.org/uniquelyfm), debemos confesar y entregar nuestro marco de indiferencia y dejar que Jesús lleve a cabo Su obra redentora en nosotros. Debemos llegar a poder decir como Pablo que Cristo “vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1:15). Debemos llegar a amar a los demás discípulos, a nuestro prójimo, y a nuestros enemigos con el mismo amor divino de Jesús.  No debemos confundir reparar por amar, perfiles por presencia, o utilidad por valor. Que el Espíritu Santo traiga a nuestra vida el fruto del amor par que seamos más como Jesús. “Señor, como tú lo sabes hacer, y lo harás, ten misericordia” (fmchr.ch/abbamac).

Tyler Boyer es el Pastor Principal de la Iglesia Metodista Libre de Knox Knolls, en Springfield, Illinois.

 

 

 

 

 

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