Haciendo Amigos con los Inmigrantes de Primera Generación

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Ya Feng estaba llorando. Mi esposa, Jan, acababa de compartir la noticia de que nos mudaríamos a otra ciudad. Habíamos estado en contacto y apoyando a los inmigrantes en nuestra ciudad durante los últimos siete años, y Ya Feng era un amigo. Jan enseñó a sus hijos lecciones de piano. Disfrutamos de ocasiones especiales juntos. La nuestra era el primer hogar en los Estados Unidos en el que había estado, aunque había vivido más de 10 años en nuestra ciudad. Ningún otro norteamericano los había invitado a su casa. Ahora esa relación estaba siendo cortada. Con los sollozos entrecortados y la traducción de su esposo, afloró el dolor: “Antes de que ustedes vinieran, nosotros no teníamos amigos”.

En “The Xenophobe´s to the Americans” (La Guía de los Xenófobos a los Americanos), Stephanie Faul escribe: “Las relaciones permanentes son lo que las Américas temen más. Esta es una nación cuya relación social más fundamental es el conocimiento casual. “Una de las necesidades primarias de aquellos que han venido de otros países a vivir entre  nosotros son las relaciones significativas. Imagina lo que es dejar atrás tu red de familiares y amistades para aventurarte en un nuevo país.

Abraham, a quien a veces se refiere  como el padre de nuestra fe, estaba en una situación similar. Las primeras palabras de Dios a Abram (como se le conocía en aquel tiempo) lo llamarían inmigrante: “Vete de tu tierra, de tu pueblo y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré” (Génesis 12: 1). La promesa era que se convertiría en una gran nación, pero el camino de la promesa era traicionero y arriesgado. Tuvo que dejar atrás su seguridad y viajar a un destino desconocido. Cuando llegó a Canaán, era una tierra en medio de la hambruna. Así que Abram fue a vivir a Egipto por un tiempo. Abram ya había abandonado su tierra y era un extranjero en Canaán. Ahora, era un extranjero en Egipto.

Cuando entró en Egipto, convenció a su esposa, Sarai, para que se hiciera pasar por su hermana en lugar de por su esposa. Desde nuestra perspectiva, difícilmente podemos entender su menosprecio por la santidad de su matrimonio. Pero es una imagen vívida de cómo el miedo puede ser factor motivador para un extranjero. Abram quería ser aceptado en la nueva cultura.

Para la mayoría de nosotros que vivimos en nuestra cultura de nacimiento, es un reto  comprender y entender lo que es para alguien de otra cultura vivir entre nosotros. “Después de todo, vinieron aquí, deben aprender nuestro idioma y nuestra manera de ser”. Es increíble cuán pocos estadounidenses adoptan un enfoque similar cuando visitan una cultura diferente.

Volvamos a nuestra herencia espiritual y démonos cuenta de que nuestras raíces están en ser extranjeros. El primer llamado a Abram fue el de ser un inmigrante. Históricamente, nuestra identificación primaria no es con los cananeos o los egipcios, sino con el inmigrante Abram/ Abraham. Moisés instruyó a los israelitas que cuando finalmente se establecieran en la tierra prometida y recogieran las primicias del suelo de la tierra, debían poner las primicias en una canasta y las llevaran a los sacerdotes y declararan ante el Señor: “Mi padre fue un arameo errante, y descendió a Egipto con unas cuantas personas y vivió allí y se convirtió en una gran nación, poderosa y numerosa. Pero los egipcios nos maltrataron y nos hicieron sufrir, sometiéndonos a trabajos duros “(Deuteronomio 26: 5-6).

Tenemos intereses en alcanzar a personas de otras culturas viviendo entre nosotros. Primero, creemos que Cristo murió por todos y el evangelio no tiene fronteras nacionales. No existe ninguna cultura preferida en el reino de Dios. La globalización que está ocurriendo es una gran oportunidad para la expansión del reino.

En segundo lugar, las mejores personas para llegar a personas de otras culturas son aquellas que son biculturales. Es estratégico llegar a los de otras culturas, porque tienen un alcance más efectivo de nuevo en su cultura nativa, así como a través de líneas culturales aquí. (Véase “You Don´t Have to Cross the Ocean to Reach the World: The Power of Local Cross-Cultural Ministry”,  “No tienes que cruzar el océano para alcanzar el mundo: El poder del ministerio intercultural local”, por David Boyd).

Llegar a las persona de otras culturas comienza con la formación de relaciones. No es una ciencia exacta. Casi cualquiera puede hacerlo. Todo lo que se necesita es un corazón abierto. Cuando comenzamos a llegar a aquellos que son inmigrantes de primera generación, empezamos visitando restaurantes chinos durante las horas de menor actividad. Era tan simple como tener conversaciones y mostrar interés sin ser entrometido y agresivo. Nos dimos cuenta de que en el verano, algunos de los niños de los propietarios de los restaurantes pasaban la mayor parte del día en el restaurante. Al principio, simplemente llevábamos libros para colorear y crayones para ellos. Eventualmente, después de mucho tiempo de formación de relaciones, pedimos permiso para llevar a los niños al parque.

Los inmigrantes de primera generación pueden necesitar mucha ayuda. Sólo necesitan alguien en quien confiar. Imagina lo que sería para ti ir a un país donde no conocieras el idioma y las normas culturales y trataras de obtener una licencia de conducir. Imagínate tratando de comprar una casa y obtener los servicios de agua, luz, y demás, conectados. Imagínate tratando de encontrar un médico y no ser capaz de describir lo que anda mal. Imagínate lo que es intentar establecer un negocio. Imagínate tratando de aprender el idioma mientras trabajas de 9 a. m. a 9 p.m. 364 días al año. Sin duda, hay muchos medios de asistencia en los Estados Unidos para los inmigrantes, pero una necesidad que nuestro gobierno no puede proveer es un amigo en quien confiar.

Gerald Coates es el director de la defensoría global de la iglesia para las Misiones Mundiales Metodistas Libres. Este artículo es un extracto de “Go Global” (Seamos Mundiales), un nuevo libro que llegará este otoño en la serie FreeMo Journal que puede adquirirse en fmcusa.org/bookstore.

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