¿Es Anticristiano el Cuidado Personal?

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De todos los personajes de la Biblia – aparte de Jesús – ¿Cuál es tu favorito?

El mio ha cambiado con el paso de los años. Cuando era niña, me encantaba la audacia de la reina Ester, Miriam, la hermana de Moisés, y “Zaqueo”. Pero a medida que crecí y comencé a trabajar de tiempo completo en misiones, me empezó a gustar José, quien fue vendido como esclavo, por sus hermanos.

Como defensora de la lucha contra el tráfico de personas, fui naturalmente atraída por la historia de José, porque es uno de los primeros casos, documentado en la Biblia, de tráfico humano. Pero no fue solo la esclavitud de José lo que me gustó. Fue la manera en la que él permanecía fiel a Dios a pesar de ello.

Para mí, José es el modelo por excelencia para los misioneros. ¿Podría haber un mejor ejemplo de devoción y compromiso en servir a Dios, que incluso en esclavitud y encarcelamiento no pudieron disuadirlo? ¿Nunca renunciar a seguir avanzando para el reino de Dios, aunque tuviera una buena razón?

Desde mi primer paso hacia el campo misionero, en el México rural, a los 21 años, José era exactamente el tipo de ejemplo que aspiraba a imitar. Y como misionera joven, emocionada, con expectativas astronómicas de mí misma, salió un poco mal.

Tomando en cuenta que el sello distintivo de la historia de José fue la adversidad, llegué a creer que el servicio sólo cuenta si estás sufriendo. Entonces, cuando la vida en México no era “lo suficientemente difícil”, me mudé a Camboya para trabajar como gerente de un programa de lucha contra la trata en un barrio precario, donde la única infraestructura eran una serie de casinos. Me comprometí con una rutina de trabajo de 16 horas al día, siete días a la semana, por temor a que se me hicieran preguntas sobre mi integridad espiritual y mi compromiso con la causa. Después de todo, si José nunca se tomó las cosas con calma, tampoco yo lo haría.

Infortunadamente, esta mentalidad tenía efectos debilitadores en mi trabajo y en mi salud. Como no sabía lo que era ser vendido como esclavo, interpreté que “llevar mi cruz” significaba encontrar la cruz más pesada, más espinosa y mas incómoda que pudiera encontrar. Creí que tenía que sufrir para comprender el sufrimiento de la gente a la que servía. Las astillas y el dolor no eran subproductos según mi interpretación teológica; eran el objetivo. Después de todo, ser cristiano es sufrir, y servir es tener tribulaciones… ¿No es verdad?

Como resultado de ese enfoque que tenía en las misiones, quedé vacía, por lo que no estaba haciendo el mundo a mi alrededor un lugar mejor. En todo caso, empeoró las cosas. Cuanto más trataba de arrastrar la cruz más pesada que podía encontrar, menos energía tenía para servir y menos capacidad tenía para amar. Estaba demasiado agotada para tratar de llevar las cargas de otras personas, demasiado mecanizada para sentirme conectada a la causa, demasiado deprimida para llevar esperanza a la gente a la que estaba tratando de ayudar.

Esforzarme por ser un José, no estaba funcionando para mí. Pero, ¿cuál era mi alternativa?

¿Hay Espacio para el Cuidado Personal en el Ministerio?

Muchas iglesias y organizaciones religiosas de caridad, predican un evangelio del martirio. Algunos fetichizan el sufrimiento, como si fuera el estándar por el cual debemos medir nuestro desempeño como cristianos, como si la salvación fuera algo que se gana a través de un trabajo incesante. Al igual que mi enfoque en Camboya, algunas iglesias, inconscientemente, promueven activamente la búsqueda de circunstancias austeras para probar su lealtad a Dios.

La cultura secular refuerza esta doctrina del auto-sacrificio, glorificando la actividad. Desde las escuelas, los lugares de trabajo y hasta nuestras relaciones, nos enfocamos en “hacer” y no en “ser”. Nos presentamos a nuevos conocidos diciéndoles lo que hacemos para ganarnos la vida. Cuando algún amigo nos pregunta cómo hemos estado, le respondemos: “Oh, he estado ocupado” y cuando sentimos que no estamos haciendo lo suficiente, somos consumidos por la culpa.

Cuando nos tomamos tiempo libre en el trabajo, sentimos la necesidad de empacar tanta actividad en nuestros preciosos días de descanso para “aprovechar al máximo”. Probablemente sepas de la sensación de necesitar unas vacaciones para recuperarte de tus vacaciones, ¿Verdad? Incluso cuando es un momento apropiado para ello, aun asi satanizamos el descanso.

Esta narrativa sensacionalista tiene graves consecuencias, especialmente para aquellos que están al frente de las misiones. Encomendamos a nuestros misioneros a ser salvadores, enviándolos a los lugares necesitados del mundo con un sentimiento confuso de justicia propia y un estándar poco realista para vivir, y entonces nos sorprendemos cuando se agotan o incluso se alejan de su fe.

Cuando interpretamos erróneamente el servicio como martirio, los que estamos llamados a servir a los no alcanzados, llegamos a creer que el “cuidado de uno mismo” no va con nosotros. Estamos convencidos de que nuestra vocación es incompatible con asuntos tan triviales como el descanso y la recreación. Consideramos la alegría y el servicio como mutuamente excluyentes.

Esta fue mi experiencia, desde el principio de mi carrera contra la trata.

Trabajando para organizaciones santurronas que glorificaban el desinterés hasta un extremo enfermizo, llegué a la conclusión de que cualquier distracción, incluso una fracción de mi atención, del servicio de tiempo completo, debía considerarse “egoísta”. Tomar pausas de 15 minutos para comer, no valía la pena por las miradas de desprecio y comentarios de los compañeros veteranos de trabajo. Supervisores militantes que alardeaban de llevar tres años sin tiempo libre, me dejaban la sensación de que las vacaciones no eran una opción. Simplemente no es lo que hacen los buenos y comprometidos trabajadores de la justicia cristiana.

Me tomó algunos años caminando por el pantano de organizaciones de ese tipo, para darme cuenta de lo que estabamos creando. Las organizaciones sin fines de lucro basadas en la fe en las que trabajé, predicarán constantemente que una buena administración es manejar bien los recursos financieros, sin reconocer que una buena administración también comprende una buena administración de nuestro bienestar integral. Este distorsionado concepto poco a poco se convirtió en algo confuso para mí. ¿Cómo puede el cuidado de nosotros mismos ser antitético al cristianismo? ¿Cómo puede ser algo sagrado hacer del trabajo un ídolo?

Todos queremos dejar un legado de lealtad: como José, que fue traicionado por sus hermanos; Pablo, que naufragó y fue perseguido; O Daniel, que fue arrojado al foso de los leones. Todos continuaron sirviendo fervientemente a Dios. Hay una razón por la que crecimos estudiando a estas personas en la escuela dominical, un porqué a nuestras iglesias les encanta destacarlas: son excelentes ejemplos de obediencia a Dios a pesar de las enormes barreras políticas, económicas, sociales y espirituales.

Sin embargo, existe el peligro de poner a estas personas en pedestales, si eso significa crear una historia unilateral de lo que significa seguir a Jesús. Cuando enviamos el mensaje de que practicar la auto compasión es anti-Cristiano, estamos ignorando algunos valores bíblicos muy críticos.

El martirio es un problema de Confianza

Al comienzo de mi peregrinar en misiones, traté los límites como si fueran un impedimento para conectar con la gente que venía a servir. Esperaba que mis clientes estuvieran abiertos sobre su dolor, pero traté de superar mi propia vulnerabilidad a toda costa. Mantuve el espacio para que expresaran sus necesidades, pero no me permití confesar las mías. Estaba convencida de una paradoja hipócrita: que es signo de nobleza prestar ayuda pero es de debilidad recibirla.

Cuando finalmente llegué al punto de agotamiento mientras servía en Camboya, pensarías que aprendí mi lección. Admitirme a mi misma que necesitaba ayuda era un gran paso, pero todavía no podía admitirlo ante Dios ni ante los demás. En vez de eso, protegí mi orgullo tratando de sanar por mi cuenta. En lugar de invitar a Dios y mi comunidad a mi quebrantamiento, seguí escondiéndome detrás de mi vergüenza en la determinación de “salvarme a mí misma”. Me volví más y más aislada, alejándome de las cosas que podían traerme la sanidad.

Hay un problema más profundo detrás de la negación de nuestra condición de ser finitos. En última instancia, se trata de creer que Dios puede ser lo suficientemente grande para resolver los problemas de otras personas, pero no los nuestros. Esto es una falta de confianza.

Y sin embargo, a través de la Biblia, Dios les recuerda, continuamente, a las personas que sufren y dudan de la benevolencia, poder y amor de Dios: que Dios está siempre con nosotros (Josué 1:9), que Dios nunca nos dejará ni nos abandonará (Deuteronomio 31:6), Que Dios nos fortalecerá y nos ayudará (Isaías 41:10), que nada puede separarnos del amor de Dios (Romanos 8:39).

Posiblemente en ningún otro lugar de la Biblia Dios nos recuerda con más franqueza quién realmente está a cargo que en el encuentro de Dios con Job. ¿Podrás tú atar los lazos de las Pléyades, O desatarás las ligaduras de Orión? ¿Sacarás tú a su tiempo las constelaciones de los cielos,O guiarás a la Osa Mayor con sus hijos? ¿Alzarás tú a las nubes tu voz, para que te cubra muchedumbre de aguas? ¿Enviarás tú los relámpagos, para que ellos vayan? ¿Y te dirán ellos: Henos aquí? (Job 38:31–32, 34–35).

Esperamos demasiado de nosotros mismos. Creemos que tenemos todas las respuestas. Estamos convencidos de que debemos desafiar los límites humanos. Y sin embargo fue Dios quien ordenó las estaciones, quien enmarcó la tierra con montañas y los cielos con estrellas. Fue Dios quien cosió nuestros huesos y puso aliento en nuestros pulmones, quien definió la justicia y trajo el amor al mundo. Y todavía es Dios de quien dependemos para dirección, resistencia y renovación.

Creer que tenemos que hacerlo solos es más que una cuestión de fe y confianza. Es un problema. Podemos creer que Dios es lo suficientemente poderoso para sanarnos, pero tememos que no valemos lo suficiente.

He visto esto constantemente en mi trabajo, en el Movimiento de Liberación, donde he conocido sobrevivientes del tráfico humano desde Illinois a Grecia y a las Filipinas. La experiencia de cada sobreviviente es única, pero un tema común se teje en sus historias. En la mayoría de los casos, han llegado a la trágica conclusión de que son indignos. Se dicen a sí mismos que porque han hecho cosas malas, son malas personas. Algunos incluso se apartaron de la oportunidad de dejar a sus explotadores porque habían perdido todo sentido de su valor. Viven en una vergüenza paralizante.

Pocos de nosotros sabemos lo que es ser traficado, pero todos sabemos lo que es confundir el pecado o la debilidad con la inutilidad. Derivamos nuestro valor no de ser hijos de Dios, sino de nuestra productividad y desempeño. Comparamos nuestros errores con el fracaso, no “hacer lo suficiente” con no ser “lo suficientemente bueno”. Y al hacerlo, rompemos el corazón de Dios.

Un Jardín bien Regado

Cuando escucho a los pastores predicar sobre Isaías 58, la mayoría de las veces se centran en la primera mitad del capítulo: “¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo?” (Isaías 58: 6).

Tienen razón al predicar ese mensaje. De hecho, necesitamos más iglesias que entiendan que buscar justicia no se puede separar de ser un seguidor de Jesús. Pero no sólo podemos hablar de la parte de búsqueda de justicia: la parte de acción, la parte en la que tenemos el control, donde se hace el trabajo.

Necesitamos meditar en la parte del ser, donde Dios cuida de nosotros: “Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan.”(Isaías 58:11).

Siempre había oído que Dios quería que sufriera. Pocas veces había oído que Dios quería que yo prosperara, que fuera completa. Cuando leo esta última mitad de Isaías 58, veo que Dios no necesariamente me pide que sacrifique mi salud o sirva hasta el punto del agotamiento. Dios me está pidiendo que ayude a otros mientras que señala que necesito guardar el Día de Reposo, que necesito reponerme para sostener mi servicio, y que Dios hará el resto.

El descanso, el juego y la alegría no sólo están bien en la fe cristiana y en el servicio, son necesarios para equilibrar el peso de nuestro trabajo. El descanso es santo. ¿No se retiró Jesús al desierto para orar y encontrar paz? ¿No descansó el Creador del universo en el séptimo día? ¿No se nos recuerda que el yugo de Dios es fácil, que la carga de Dios es ligera (Mateo 11:30) y que así como hay un tiempo para trabajar y servir, también hay un tiempo para descansar (Eclesiastés 3)?

Un Nuevo Modelo

Si hoy me preguntaras quién es mi personaje favorito de la Biblia, todavía te diré que admiro las características de personas como José, Pablo o Daniel. Pero hoy, probablemente elegiría a Elias.

Los milagros que Dios hizo a través de Elías fueron impresionantes. (¿Cuándo fue la última vez que hiciste caer fuego del cielo?) Pero la parte más profunda de la historia de Elías es lo que sucedió después de sus grandiosas actuaciones: cuando huyó, cuando se derrumbó en un estado de agotamiento, cuando no podía cuidar de sus propias necesidades y Dios envió cuervos y ángeles para alimentarlo.

Elías no fue un fracaso ni el ejemplo simbólico de misiones que salieron mal. Él muestra la humanidad de participar en el ministerio. Él es un recordatorio de que todos nosotros hemos sido creados con límites—no para desmoralizarnos o incapacitarnos, sino para volvernos hacia Aquel que nos creó.

Katie Bergman es directora de operaciones y comunicaciones del Movimiento de Liberación (Set Free Movement), una organización Metodista Libre sin fines de lucro, que interviene en contra de la trata de personas. Ella es la autora de “When Justice Just Is” y co-autora de “Urban Shalom: Restaurando la Esperanza y la Justicia a las Comunidades Afectadas por la Esclavitud Moderna”. Entre sus viajes, vive en Regina, Saskatchewan, Canadá.

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