Lamento y Relación

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David se encuentra en su aposento alto llorando por su rebelde hijo fallecido: “¡Ay, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón, hijo mío!” Job, perdido y sin dirección, cuestiona a Dios diciendo, “A ti clamo, oh Dios, pero no me respondes; me hago presente, pero tú apenas me miras”. Jesús llora en el jardín, anticipando el brutal dolor que se avecina. Él ora, “Abba, Padre, todo es posible para ti. No me hagas beber este trago amargo, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”.

El luto y la aflicción son temas subyacentes a lo largo de toda la biblia. Desde las historias de pérdida para Noemí y Rut, o el rechazo de José por parte de su propia familia, hasta la vergüenza y la aflicción de Pedro al negar a Jesús. Están presentes en la caída de Adán y Eva y en el martirio de los primeros cristianos. El lamento es el reconocimiento de que este mundo no es como debería ser. Es aceptar la tristeza y la aflicción de nuestro propio quebrantamiento.

Pero también es el inicio de algo más.

No sabemos que enfermedad tenía Lázaro, pero sabemos que Jesús se tardó en ir a verlo. Podemos sentarnos y especular que Jesús no fue antes a sanarlo porque tenía un propósito mayor o un milagro más grande que hacer, pero, de cualquier forma, mientras Jesús esperaba, Lázaro murió. Cuando Jesús al fin llega, él sorprendió a todos y levantó a Lázaro de entre los muertos. Pero lo que sucedió justo antes de este evento a veces queda relegado de la narrativa del milagro. Cuando la hermana de Lázaro, María, sale a ver a Jesús, él la ve a ella y a los que están a su alrededor llorando, y es profundamente conmovido. Él tiene compasión de ellos y llora con ellos. Jesús está presente en su dolor.

Aquéllos que se lamentan entran en una relación con un Dios compasivo que no es indiferente a la situación de su creación. Él no está desapercibido de nuestra pena presente o del dolor causado por nuestro quebrantamiento. Es esta relación donde está el principio de la sanidad. Aquéllos que lloran serán consolados porque tenemos un Dios omnipresente que ve nuestro dolor. Esto no quiere decir que vamos entonces a ignorar nuestra aflicción porque “Dios sabe cómo te sientes”. No debemos cubrir nuestro lamento con clichés, porque entonces perdemos la riqueza de ser llevados por el valle de sombras. Sin el lamento, perdemos profundidad en la relación con un Creador que anhela que su creación sea restaurada a él.

El lamento trae sanidad. A veces es un camino largo donde no alcanzamos a ver el otro lado, pero si lo tomamos junto con el Consolador y en comunidad, podemos ofrecer esperanza unos a otros en el trayecto. Es en el lamento que empezamos a ver que las cosas no son como deberían haber sido. Es el lamento en relación con Dios lo que nos impulsa a buscar a los perdidos e inalcanzados, a rescatar a los cautivos de la esclavitud, a atender a aquéllos en necesidad, y a esperar a lo que pueda ser.

 Mark Crawford es el editor asistente de Luz y Vida. Reside en Tucson, Arizona.

 

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