Justicia Social y la Senda de la Pacificación

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Nos soy un gran fan de las declaraciones misioneras. Reconozco que son importantes. Una buena declaración le hace la diferencia a una organización. Una de mis favoritas es la de una línea de fletes, misma que ha resumido y pintado este slogan en cada uno de sus camiones que recorren los caminos: “Ayudando al Mundo a Cumplir sus Promesas”. Eso es mucho más significativo para los clientes, y de inspiración para los empleados que algo que se les pudiera decir acerca de cómo llevar los fletes de una manera más eficiente.

Así que, ¿por qué no soy fan de las declaraciones misioneras? Porque las declaraciones misioneras por sí mismas no pueden trasladar las cargas por sí mismas. Creemos que mantienen a las personas en la misma página y promueven la unidad. Pero ese no es necesariamente el caso. En pocas palabras, están sobrevaluadas.

¿Alguna vez has ayudado a cargar un camión de mudanzas junto con otras dos o tres personas que tienen diferentes ideas sobre cómo acomodar todo? Tienen una misión compartida—cargar el camión—pero con frecuencia discuten sobre la mejor manera de hacerlo. La misión de cada padre y cada madre es la de criar a sus hijos sanos y fuertes, pero con frecuencia ellos discuten sobre cómo hacerlo. Los republicanos y los demócratas de igual manera quieren que nuestros ciudadanos tengan paz y prosperidad. Pero el conflicto político sobre cómo hacerlo difícilmente puede ser más agrio de lo que es en estos días.

En pocas palabras, las personas pueden tener el mismo destino (misión) en mente, pero discuten sobre la ruta que deben tomar. Allí es donde usualmente entra el conflicto, aún en la iglesia.

Consideremos la causa de la justicia social. Esta es una preocupación de más y más iglesias en estos días, y así es como debe ser. El mundo que nos rodea—incluyendo a nuestras comunidades, lugares de trabajo, escuelas, e inclusive nuestras iglesias—está lleno de injusticias dañinas. Las personas que las ven suelen ser quienes las sufren; los que perpetúan las injusticias, con frecuencia están ciegos.

Eliminar la injusticia es no solo una causa moral; es una prioridad de reino.

¿Pero cuál es la mejor manera de cumplir con esa misión? Esa es la razón de que cristianos e iglesias a menudo experimenten desacuerdos y división. Necesitamos estar de acuerdo en una ruta común, no solo una misión común. Me gustaría sugerir que la mejor ruta ya ha sido trazada en las palabras y obra de Jesús: Llamémosle la senda de la paz.

La Mejor Ruta hacia la Justicia Social

Nuestra marca más importante hacia la justicia social se encuentra en la séptima bienaventuranza de Jesús: “Bienaventurados los pacificadores” (Mateo 5:9, RVR1960). Por mucho tiempo se ha hecho notar que Jesús no dijo: “Bienaventurados los que mantienen la paz”. Eso es importante. Nuestro mandato como seguidores de Jesús no es el de mantener algo que ya existe, sino crear algo que no existe. Debemos ser pacificadores. En un momento veremos cómo eso ocurre.

Sin embargo, antes debemos enfrentar un hecho del evangelio muy sorprendente: Jesús raramente habló sobre justicia. ¿Sorprendido? Investiguemos todas las palabras en letra roja que han capturado los dichos de Jesús en los cuatro evangelios y descubriremos que sólo dos veces habló sobre justicia. En el primer caso, acusó a los fariseos de ser justos superficialmente, sin ningún interés por esas decisiones legales.

“¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos hipócritas! Dan la décima parte de sus especias: la menta, el anís y el comino. Pero han olvidado los asuntos más importantes de la ley, tales como la misericordia, la justicia y la fidelidad. Debían haber practicado esto sin descuidar aquello” (Mateo 23:23).

En el segundo caso, Él contó la historia de una mujer que clamaba por justicia ante un juez titubeante (Lucas 18:1-8). Finalmente, su persistente importunidad rindió frutos, consiguió lo que buscaba. Sin embargo, esta parábola no era un llamado a la justicia, sino una invitación a la oración perseverante. De hecho, la promesa subyacente de Jesús fue que las personas oprimidas podrían eventualmente esperar justicia del cielo. Pues es improbable que provenga de instituciones humanas.

Luego el resto del capítulo nos presenta una serie de ejemplos mostrándonos como es y cómo actúa la justicia celestial. Primero, tenemos la parábola del fariseo y el publicano en la que Jesús nos enseña que el pecador contrito será justificado y exaltado en vez del soberbio fariseo (v.9-14). En seguida Jesús recibe y eleva a los niños a su justa posición en la jerarquía de la gente valiosa (v. 15-17). Luego reprueba a un joven rico diciéndole que toda su riqueza debía ser usada para rescatar a los pobres (v. 18-30). Finalmente, el capítulo concluye con la reprensión de Jesús a Sus propios discípulos por intentar impedir que un limosnero ciego tuviera acceso a la sanidad divina (v. 35-43).

A decir verdad, estos son ejemplos de justicia en acción. Sin embargo, es crucial tomar en cuenta dos cosas: lo poco que Jesús habló de justicia como un mandato misional, y, segundo, cada uno de estos ejemplos de justicia involucra una obligación de que los individuos traten a otros individuos o categorías de personas con el respeto y compasión debidos. ¿Será posible que muchas de las iglesias no estén en la mejor ruta de la justicia social? ¿Deberemos priorizar el desarrollo de una clase especial de personas sobre una clase especial de programas? Yo creo que sí. En mi opinión, debemos priorizar el desarrollo de pacificadores. Pero antes, una advertencia: Esto no significa que los programas de justicia social no sean importantes.

Una Advertencia

Es importante iniciar esfuerzos de justicia social de todas clases, tanto en el entorno secular como el sagrado. Es particularmente significativo cuando la iglesia se asocia con iniciativas y programas que ya están operando en el sector público y privado. Después de todo, los cristianos son llamados a ser sal y luz en el mundo. No debemos aislarnos sólo en programas basados en la iglesia y en la fe. De hecho, con frecuencia es mejor cuando el pueblo de Dios trae sus recursos e influencia en aquello que nuestras comunidades ya han creado, en lugar de reinventar la rueda.

Sin embargo, siempre habrá “fisuras” que el mundo secular no puede ver o no puede enfrentar de manera efectiva. En esos casos, debemos ser lo suficientemente audaces para crear nuevos programas que marquen el camino hacia la justicia para todos.

Sin embargo, sea que el pueblo de Dios decida popularizar esfuerzos sociales ya existentes o iniciar otros nuevo, nuestra ruta hacia la justicia social debe seguir la senda que Jesús marcó. Esa senda se enfoca en desarrollar pacificadores—individuos cuyas cualidades personales, convicciones y acciones brillan con la bondad de Dios para Su gloria.

Los Pacificadores y el ADN del Padre

De acuerdo con lo que dice la séptima bienaventuranza, los pacificadores son como Dios: “Ellos serán llamados hijos de Dios”. Ellos son renacidos espiritualmente con su simiente espiritual (ADN) como lo escribió el Apóstol Juan: “Todo aquel que ama, es nacido de Dios. . . porque Dios es amor” (1 Juan 4:7-8, RVR1960). Ese amor divino tiene su más completa expresión en la cruz de Jesús. Y según San Pablo, ese es el lugar en el que se origina la paz.

“Por cuanto agradó al padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:19-20).

¿Qué es, pues, hacer la paz? La paz tiene muchos ingredientes que son importantes: Reconciliación, misericordia, perdón, generosidad, defensa y hospitalidad. Pero, así como no puedes hacer un pastel—aún con todos los ingredientes apropiados—hasta que lo colocas en el horno, no puedes hacer la paz fuera del área de influencia de la cruz. Los pasteles se hacen en el horno. La paz se hace sólo en la cruz. ¿Qué es lo que caracteriza la cruz de Jesús?

Para la mayoría de los cristianos es común pensar en la cruz de Jesús principalmente como un lugar de sufrimiento. ¡Y por supuesto que lo era! Pero nunca debemos olvidar que el sufrimiento de Jesús tenía un propósito específico. Él sufrió para proporcionar un remedio para el predicamento de otros. Él no había cometido ningún delito. No merecía ser castigado. Nos trajo la paz porque estuvo dispuesto a sufrir el castigo por nuestros pecados de negligencia, ignorancia, desobediencia y rebelión

“Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz” (Isaías 53:5).

No fue Su culpa ni Su descuido que nosotros pecáramos. A pesar de eso Él puso el remedio a un gran costo personal. Por tanto, se puede decir enfáticamente. Nada es una cruz verdadera hasta que pagues un precio personal a fin de proveer un remedio para el sufrimiento de alguien, sea a causa del pecado, la insensatez o la mala fortuna. En este punto es en el que se hace la paz. Esto es lo que hacen los pacificadores.

Jesús mandó a Sus discípulos tomar la cruz—cada día. Lucas añade (Lucas 9:23)—y que lo siguieran. Eso significa que nosotros sólo podemos llevar una verdadera cruz y llegar a ser pacificadores como Él cuando nosotros, igual que Él, dejemos algo que jamás volveremos a recuperar—tiempo, dinero, crédito—para proporcionar algo a alguien que nunca lo va a merecer—gracia, perdón, una segunda oportunidad (abundo en más detalles acerca de la cruz verdadera en mi nuevo libro: “Fresh Eyes on Famous Bible Sayings” (Una Mirada Fresca sobre Dichos Bíblicos Famosos, uno de los libros de la serie de tres que será publicado este mes por la Editorial David C. Cook).

¿Cómo sabes cuando has llegado a uno de esos momentos diarios de “tomar la cruz” donde se hace la paz? Tus entrañas resonarán y clamarán con una sola pregunta: ¿Por qué yo? Vas a escuchar tus propios pensamientos:

• Yo no fui el que cometió la falta, ¿por qué tengo que ser yo quien sufra las consecuencias?
• ¿Por qué tengo que ser yo el que doble las manos?
• Él nunca se disculpa, ¿Por qué tengo que ser yo el que inicie las disculpas?
• Ella siempre se pasa de la fecha límite. ¿Por qué tengo que ser yo quien queda mal?

Este tipo de situaciones suceden todos los días, en especial la que tiene que ver con el uso del tiempo y recursos, pero no hay vuelta de hoja. La verdadera cruz de Jesús te invita a perder lo que puedes nunca recuperar para dar a otros lo que ellos pueden nunca merecer.

Justicia, Paz y Paradoja

Podemos ver que existe una relación paradójica entre paz y justicia. La paz es hecha por personas que no buscan justicia para sí mismas. Personas que no pagan mal por mal cuando se les golpea en la mejilla, personas que bendicen a sus enemigos en lugar de insultarlos en Facebook, personas que entregan su capa cuando se les ha arrebatado su túnica, personas que perdonan 490 veces (Lucas 6:28-30; Mateo 18:22). Cuando los sistemas y organizaciones sociales están llenos de pacificadores que viven esta ética de Jesús, libre de egoísmo, que no buscan la justicia para sí mismos en este mundo donde piquetes de soldados chocan y las facciones acusan, donde los sables resuenan y las espadas arrancan orejas de civiles, paradójicamente, la justicia tiene una mejor oportunidad de correr (Amós 5:24).

No me malentiendan. Como dije antes, los esfuerzos de justicia-para-todos son importantes. Como pastor, animé a nuestra congregación a participar en justicia social. Un año utilizamos el edificio de nuestra iglesia para albergar un movimiento de reconciliación en nuestra sureña ciudad durante los motines raciales de los 70 y enfrentamos las armas de los Kucluxclanes en el interior de nuestro santuario. Participamos en el nacimiento de una iglesia afroamericana, celebramos servicios unidos de adoración y compartimos comiendo juntos. Dos de nuestros grupos pequeños iniciaron el primer ministerio de rescate y el primer centro para mujeres embarazadas en nuestra ciudad que aún sirve a la comunidad más de 30 años después.

Pero al pasar de los años y haber yo crecido en el conocimiento del reino de Dios y Su propósito en la tierra, estoy más que convencido de esta paradoja de paz/justicia. Si nos interesa la justicia social, no tratemos de atraer la justicia, a menos que primero levantemos la cruz. Invitemos a la gente a seguir la senda de Jesús, y guiémosla al poder del Espíritu Santo que satura de la vida que hace posibles a los pacificadores. De otra manera nuestros esfuerzos por la justicia social serán de una visión y de una duración demasiado cortas.

Si todo esto es verdad, posiblemente luego, en nuestro deseo de impartir justicia, la iglesia pueda adaptar el lema de Old Dominion Freight Lines (Líneas de Fletes Old Dominion), y decir: “Ayudar al Pueblo de Dios Trae Paz”.

Doug Newton es el sub-director del Ministerio Nacional de Oración de la Iglesia Metodista Libre—USA. Por 30 años sirvió como pastor principal, y por 15 años como editor de esta revista. Es el autor de nueve libros—tres de los cuales aparecerán en este mes: “Fresh Eyes on Famous Bible Sayings”, “Fresh Eyes on Jesus´Miracles”, and “Fresh Eyes on Jesus Parables” (“Una Mirada Fresca sobre Dichos Famosos de la Biblia”, “Una Mirada Fresca sobre los Milagros de Jesús”, y “Una Mirada Fresca sobre las Parábolas de Jesús”). Visita dougnewton.com para leer otros materiales suyos, y para ordenar sus libros.

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