El Objeto y Alcance de esta Publicación

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Los principios religiosos son inmutables y, por lo tanto, eternos. El mejor anuncio de ellos lo hizo nuestro Salvador mismo. Sus palabras contienen la esencia de la verdad que puede tener cualquier relación sobre la prosperidad o la felicidad humanas. Todo lo que esté en armonía con ellas está en lo correcto; todo lo demás está incorrecto. Es por sus palabras que hemos de ser juzgados. Él mismo declara: “La palabra que yo he proclamado te condenará en el día final” (Juan 12:48).

Por tanto, si vamos a ser aprobados por el cielo, debemos, en las acciones de la vida, adaptarnos perfectamente a los dichos de Cristo sea que vayan de acuerdo con lo que es común, popular y a la moda, o de otra manera. Sus palabras son: “Cualquiera pues, que me oye estas palabras, y las hace” (Mateo 7:24, RVR1960).

El evangelio no es un sistema de liberalismo que permita a sus exponentes acomodarlo a los caprichos de los mortales, o adaptarlo a las costumbres siempre variables de la tierra. No conoce a nadie, o a ninguna compañía de personas: “según la carne” (2 Corintios 5:16, RVR1960). Siempre va en el despertar del Espíritu Santo, no se desvía ni por un momento, ni a la derecha ni a la izquierda. Sus verdades son sencillas de todas las maneras, y dentro de la comprensión de todo, cuyas mentes son suficientemente honestas, delante de Dios para recibirlas en la nativa sencillez. Para aprender estas verdades total y apropiadamente, debemos ser sordos al aplauso humano, y con ingenio, vivos a la aprobación de Dios, y a los imperecederos intereses de las almas inmortales. ¡Y qué clase de crucifixión es esta! ¡Cuán pocos son los que en cualquier época se someten a ella!

En las palabras del poeta e himnólogo William Cowper: “¡Oh, aplauso popular! ¿Qué corazón humano está a prueba de tus dulces encantos seductivos?”

Nada sino el corazón que es cuidadosamente lavado en la divina sangre, y que considera todas las cosas de una naturaleza terrenal, como pérdida y “basura por la excelencia del conocimiento de Cristo” (Filipenses 3:8 paráfrasis del sermón: “El Poder de la Resurrección de Cristo”, de George Whitefield). La persona que conoce a Cristo debe procurar sólo la aprobación de Dios, o lo que es lo mismo, la aprobación de la conciencia de la propia persona, iluminada en el Espíritu Santo. Él es auto-aprobado, y aprobado por el cielo, y eso lo satisface; sí, aunque las personas te maldigan en la cara, o de una manera cobarde a tus espaldas, digan toda clase de mal en contra tuya, mintiendo, por causa del Hijo del Hombre (Mateo 5:11).

Cuan diferente de esta persona de Dios es la multitud de aquellos que son gobernados por los máximos de la tierra, y balanceados de acá para allá en su conducta por las opiniones de otros, o por lo que es común, popular y a la moda. Siempre ha sido la historia de la iglesia (Patriarcal, Judía y Cristiana) en todas las edades, que la verdad y la justicia estaban con los pocos perseguidos, mientras un dorado formalismo y aridez espiritual estaban con los muchos aprobados y honrados.

Esto es enfáticamente cierto en el presente como en cualquier período del pasado. La iglesia está, en su mayor parte, evidentemente en su período laodiceano de existencia, en la que hay mucha forma, mucha riqueza y muchos comulgantes, pero comparativamente poca sencillez cristiana nativa, espiritualidad y poder. Los convertidos a la iglesia, o iglesias, se cuentan por cientos de miles; pero convertidos a Dios, nacidos de nuevo del Espíritu Santo, engendrados a una vida sin fin, no son tan numerosos. Sin duda, son comparativamente pocos, aunque numerosos en cantidad, y tan preciosos por ser pocos. Con la masa hay demasiado tiempo para servir y no suficiente del Espíritu del Maestro, quien “por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros, con su pobreza, fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9, RVR1960).

Los convertidos de Sion, quienes son verdaderamente convertidos a Dios, no serán multiplicados por miles en un día hasta que la iglesia más generalmente regrese a la sencillez de Cristo, y a la norma social de los tiempos apostólicos. Existe demasiado alarde de riqueza, y hay demasiadas formas pomposas. Muchas iglesias, o casas de adoración, especialmente en las ciudades y pueblos más grandes son demasiado costosas, y hay demasiado alarde de vestidos y adornos. Esto difícilmente es seguir a Aquel que nació en un establo y que no tuvo en donde reclinar la cabeza (Mateo 18:20, Lucas 9:58). Los principios no cambian. Si hubiera una verdadera humildad, estas cosas no deberían ser así.

Vivimos en una época cuando se insiste en un falso refinamiento social que se mantiene a expensas de la sencillez cristiana, y el disfrute religioso, y esto por las mismas iglesias. La moralidad exterior controlada hasta un punto alarmante por el “espíritu de los tiempos” se substituye por una vida piadosa y una autoestima innata por el testimonio del Espíritu. La sabiduría mundana ha suplantado la sabiduría divina en los corazones de la gente, y la aprobación divina se sacrifica en el altar del favor popular. En todas partes la gente se bautiza en la cruz, y el espíritu de la verdadera religión se exorciza como fanatismo. Los hijos de Dios son ignorados, mientras que los usurpadores mundanos se elevan a los lugares prominentes en el Santo Templo de Sion.

El espíritu de castas, hasta cierto punto, ha tomado el lugar del amor Cristiano, y la mansedumbre se ha escapado. El arpa de Sion está muda, y los dulces cantores de Israel están silenciosos, mientras que los cantores de ópera se desempeñan en la orquesta de una manera artística y árida, para la verdadera y gran molestia del oído espiritual. Los asientos en las casas de Dios se venden al mejor postor, excluyendo a los pobres, a quienes el evangelio el evangelio es especialmente enviado. Ensayos políticos sobre asuntos morales, están hasta cierto punto tomando el lugar de la sencilla predicación del evangelio, y traer palabras de humana sabiduría se condimenta más que las encendidas palabras de la sabiduría celestial.

¿Cómo ha probado la historia de las Iglesias estadounidenses, en los años pasados, ser gobernada por el sentimiento público en lugar de hacerlo por la Palabra de Dios en referencia al gran mal de la esclavitud? Cuando el esclavismo era popular, el gran equilibrio del poder en la mayoría de las iglesias estadounidenses era pro-esclavista, al menos hasta el punto de retener en su comunión muchos poseedores de esclavos (A Dios gracias, sin embargo, hubo honorables excepciones) Cuando por medio de la rebelión, los principios de la anti esclavitud comenzaron a ascender, he aquí, las iglesias eran antiesclavistas.

¿Y cuántos miembros de las varias Iglesias, tanto clérigos como laicos, están, con las varias clases de hombres mundanos, asociados, jurando secrecía eterna con los juramentos más temibles? ¿Cuán incompatibles con el Espíritu de Aquel que dijo: “Todo lo he dicho abiertamente, y en secreto no he dicho nada” (Juan 18:20 paráfrasis). Y de nuevo: “Pero yo os digo: ´No juréis… Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no, porque lo que es más de esto, de mal procede´” (Mateo 5:34, 37 RVR1960).

Pero nosotros desistimos; estos pensamientos son demasiado dolorosos para seguir con ellos. Oh, que Sion despierte, y se sacuda estos males, y se adorne en sus vestidos hermosos, y siga: “¿Quién es esta que se muestra como el alba, hermosa como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en orden? (Cantares 6:10 RVR1960).

¡Lástima que estos males que están destruyendo la vitalidad de la iglesia cristiana reciban tan débil oposición por los periódicos religiosos del día! ¡Qué devaluación de la verdad de Dios! ¡Qué condimentación de opiniones de hombres no regenerados! Si la verdad con referencia a estos males es publicada, se hace de tal forma que no afecta a los precavidos, y al mismo tiempo agrada a los más fastidiosos. Sabemos que muchas personas con marcada habilidad e indudable sinceridad, difieren ampliamente en estos varios puntos. Pero no es una excusa para nosotros. Debemos aclarar nuestra conciencia delante de Dios.

“La verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad”, como es con Jesús, debe ser fiel, clara, ferviente y afectuosamente dicha. Y este será el objetivo y alcance de esta publicación. Esperaremos que todos los que aman esta religión clara, sencilla, ferviente y bendita de Jesús, vengan en nuestra ayuda. Apuntaremos a los corazones de los pecadores, y lucharemos por guiar al pueblo de Dios hacia caminos superiores de vida divina. Daremos a nuestros lectores un resumen de noticias, llenaremos nuestras columnas con los asuntos mejores, originales y seleccionados, en una palabra, haremos lo mejor de nuestra parte para hacer de nuestro periódico todo lo que un periódico (o revista) debiera ser.

Y ahora, hermanos y hermanas, ¡al rescate! Que cada uno sienta un interés y procure suscriptores. Hagamos lo que podamos para llevar la verdad pura de Dios, salvadora de almas delante del pueblo; ¡y que el cielo nos impulse en nuestro trabajo! El conocimiento es poder, y un uso santificado de conocimiento es esencial para la estabilidad y prosperidad de la iglesia. Grandes nubes de tinieblas morales cubren al pueblo. El sol puede brillar solo por un proceso inherente de acción continua. El fuego arde por la absorción perpetua y consunción de oxígeno, produciendo una incesante acción inherente, también puede la iglesia prosperar derivando su luz de parte de Dios, por una inspiración perpetua de parte Suya, y radiando las masas por su constante fulgor.

Dios imparte gracia a la actividad, no a la pereza; a la riqueza esparcida por una mano liberal, pero no a la riqueza acaparada. Si hay verdadera prosperidad, la iglesia debe estar activa, y activa en cada manera posible en la que se puede lograr; y si hay riqueza en el cuerpo eclesiástico para llevar a cabo la empresa que es esencial para una utilidad incrementada, que la riqueza debe ser retirada y apropiada, o que la iglesia se debilite y enferme, y pronto expire en medio de las burlas de sus enemigos. Si retiene una existencia organizada, será la de una muerte organizada en lugar de una vida organizada. Aunque el calórico (o calor), como un principio, hereda en toda la naturaleza, sin embargo, su utilidad puede ser evidenciado solo si se lleva a la acción por fricción, o por un proceso de combustión; así, aunque todas las personas son capaces de santidad, sin embargo se benefician por la capacidad solo como lo es la verdad salvífica, por algún proceso, traído dentro de la esfera de su comprensión, e impreso sobre sus corazones. Cada proceso por el que este importante resultado se puede alcanzar debe perseguirse con la mayor industria y energía.

La prensa es la portadora de la armadura del púlpito en esta importante obra. El pueblo de Dios es un pueblo que lee y que piensa. La religión lo ha hecho así. El alma piadosa y reflexiva debe tener alimento adecuado para su naturaleza y gusto espiritual, y eso no rara vez sino con frecuencia. No solamente en el Día de Reposo, pero todos los días de la semana por igual.

Si hay suficientes razones morales para justificar una organización eclesiástica distinta, luego aquellas verdades, que forman las bases de dichas razones, deben imprimirse en las mentes de la gente tanto como sea posible. Una vez más la prensa es de gran importancia. Todo efecto debe tener una causa eficiente, y con frecuencia es tan importante conocer la causa como el efecto. No nos conozcamos solo nosotros, pero sepamos por qué somos como somos, y lo que somos. Conozcamos, experiencia, y practiquemos esos principios religiosos que son la herencia eterna de todos los santos. Sepamos las necesidades de otros para poder, hasta donde sea posible, aliviarlos. Esparzamos las bendiciones de la verdad y justicia en torno a nosotros con una mano pródiga.

Lector: ¿Nos ayudarás en esta Buena obra? No digas que no tienes el requisito, tiempo o talento. Todos podemos hacer algo. El paralítico puede alcanzar la meta a tiempo, y el débil puede ganar el día, porque “la carrera no es de los valientes, ni la batalla de los fuertes” (Eclesiastés 9:11 RVR1960

Levi Wood era un presbítero Metodista Libre quien sirvió de 1868 a 1870 como el editor fundador de The Free Methodist (El Metodista Libre), que comenzó como un periódico y eventualmente llegó a ser la revista que ahora conocemos como Luz y Vida. Este editorial apareció en el Vol. 1, No. 1, que fue publicado el 9 de enero de 1868, en Rochester, Nueva York.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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