Produciendo el Fruto del Espíritu

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Algunas veces nos hacemos a la idea de que una vez que las personas aceptan a Cristo en su corazón, deben haber abandonado el pecado y cambiado para siempre. Por tanto, cuando regresan a sus iglesias una semana después y siguen con sus mismas fallas en sus vidas de antes de ser salvos, los juzgamos y acusamos de no tener suficiente fruto.

Pero no hay tal cosa como el fruto instantáneo — aunque nos podemos engañar pensando asi, porque nos podemos detener en el supermercado en cualquier época del año y comprar algún producto que no debería estar presente en esa temporada en particular. Ni siquiera nos detenemos a pensar en eso. Queremos el fruto, y lo compramos, así las tiendas encuentran la manera de llevarlo a sus estantes, no importa que provenga de tierras lejanas o haya sido producido en algún laboratorio.

Pero a diferencia del fruto comprado en el supermercado, el fruto spiritual no está ahí para cuando nosotros lo queremos. No podemos ir a un campo espiritual para cosechar algo de amor, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre o dominio propio cuando sintamos hambre de ellos. Si realmente queremos estos frutos en nuestras vidas, necesitamos continuamente ofrecernos a nosotros mismos al Espíritu Santo para que crezcan en nosotros aquí y ahora—porque sólo Él puede hacer tal cosa. Tratar de que crezca el fruto del Espíritu Santo por nuestro propio esfuerzo es como tratar de hacer que crezca una palmera en el Antártico—no tenemos los elementos necesarios para hacer que suceda.

Habiendo dicho esto, a menos que Dios realice el raro milagro de la virtud instantánea en un nuevo creyente, debemos esperar que el creyente necesite un largo tiempo para crecer. Cierto es que los testimonios de virtud instantánea son posibles puesto que es fruto del Espíritu Santo en primer lugar, dichos milagros son muy raros — tan raros que Juan Wesley, el fundador del Metodismo “no conocía un solo caso, en ningún lugar, de que una persona recibiera en uno y en el mismo momento, la remisión de pecados, el testimonio permanente del Espíritu, y un corazón nuevo [y] limpio” (fmchr.ch/plainac). En otras palabras, él nunca vio a nadie que fuera salvo y alcanzara la total madurez al mismo tiempo. Más bien, Wesley típicamente vio a personas ser salvas y caminar en un lugar recién encontrado por algún tiempo, antes de caer de nuevo en pecado más de una vez.

El peregrinaje Cristiano es largo y puede ser un peregrinar muy difícil. Tenemos que invertir gran cantidad de esfuerzo para encontrar libertad de nuestra carne y crecer en el Espíritu. Aunque tenemos el deseo de que sólo nos repare, eso no es típicamente cómo el fruto funciona. No solo no aparece en un momento, ni siquiera aparece de la noche a la mañana.

Si has tenido alguna vez un árbol de manzanas, sabes que durante los primeros años no podías esperar mucho más que algunas diminutas y amargas manzanas. Tienes que esperar hasta que el árbol alcance cierta madurez para producir buen fruto. Tienes que regar los árboles frutales más que otras plantas. Tienes que podarlos y protegerlos de cosas como el fuego. Se necesita tiempo, energía y paciencia. Los árboles deben ser lo suficientemente fuertes para soportar los climas más inclementes si van a crecer lo bastante para producir fruto maduro. E incluso entonces, todavía tienen que enfrentar más tormentas, pero por lo menos son lo suficientemente grandes para defenderse de ellas.

Dicho lo anterior, no esperes que todos los cristianos sean fuertes desde el principio. Esa no fue la experiencia o la expectativa de Pablo. A la iglesia de los corintios le dijo: “Les di leche porque no podían asimilar alimento sólido, ni pueden todavía. Pues aún son inmaduros” (1 Corintios 3:2-3).

Si estamos dispuestos a ello, el Espíritu nos guiará más profundamente en el carácter de Jesús y producirá en nosotros el mismo fruto que vemos en Él. Él fue amoroso hasta el punto de que fue acusado de pasar tiempo con aquellos con los que nadie querría ni acercarse; alegre hasta el punto de que fue acusado de ser un “glotón y un borracho” (Mateo 11:19); pacificador hasta el punto de que saludaba a la violencia en Su contra, y en silencio fue hasta la cruz; paciente hasta el punto de que andaba con sus discípulos quienes constantemente no entendían lo que Él les decía; amable hasta el punto de que a menudo se detenía para mostrar compasión por personas aunque estuviera exhausto de tanto ministrar; bueno hasta el punto de que sanó a muchas personas que no se lo agradecieron (Lucas 17:16-18); fiel hasta el punto de que amó a Pedro aún después de que Pedro lo negó cuando Él más necesitaba de él; gentil hasta el punto de que salvó a una mujer de sus enemigos y luego simplemente le dijo: “ve en paz y no peques más” (Juan 8:11), y dueño de Sí mismo hasta el punto de que Él vivió su vida sin jamás pecar (1 Pedro 2:22)

Si queremos producir fruto como Jesús, necesitaremos aprendérnoslo de memoria para poder imitarlo. Necesitamos analizar todos sus movimientos de modo que cuando seamos confrontados con situaciones similares, podamos responder como Él lo hizo. Después de todo, el Espíritu Santo se comprende como sinónimo como Espíritu de Jesús (Hechos 16:7), así que debemos entender que si el Espíritu Santo se está abriendo camino en nuestra vida, Comenzaremos a vernos y actuar más como Jesús mismo. Cuando lo imitemos, el fruto vendrá después.

Mientras el Espíritu produce este fruto en nosotros, nuestro amor chocará con el odio del mundo; gozo con la depresión del mundo; paz con la violencia del mundo; paciencia con la necesidad de gratificación instantánea del mundo; amabilidad con la rudeza del mundo; bondad (quizá se escuche mejor como generosidad) con la avaricia del mundo; fidelidad con la inconstancia del mundo; gentileza con la impetuosidad; y el dominio propio con la urgencia del mundo de complacer todos los deseos.

Para vivir de esta manera, necesitamos permitir que el Espíritu de Jesús viva vibrante dentro de nosotros y se ponga nuestra carne, tal como todas las cosas que ponemos en nuestra carne. Descubrí esto una vez que mi cuñada probó mi salsa casera y me pidió la receta. A mí me dio

mucho gusto escribírsela rápidamente, pero luego recordé que no tenía ninguna receta. Yo había aprendido a preparar mi salsa por el método de la prueba y error, llegando eventualmente a un método que no tenía fórmula, sino que fue creado por medio de mis sentidos. Puedo calcular cuántas cebollas o pimientos necesito solo con ver lo grandes que son las pilas de tomates. Puedo sentir si se necesita más sal dando una probadita al final. Puedo decir si le puse suficiente ajo oliendo el resultado al final. Puedo predecir cuáles son los mejores tomates oprimiéndolos un poco. Puedo decir cuándo detener el procesador de comida sólo con escuchar el sonido que produce. Llevo la receta en mi piel y uso todos mis sentidos para prepararla.

Es por razones como esta que no cualquiera puede preparar galletas “como las preparaba la abuela”, aunque tengas su propia receta en tu mano. Sus galletas vivían dentro de ella, abriéndose camino por años de práctica y todos sus sentidos. Como cristianos, debíamos ser tan familiares con el fruto y dones que el Espíritu infunde en nosotros—y podemos hacerlo con suficiente tiempo y práctica.

Perfección Cristiana
Dicha práctica eventualmente nos llevará a lo que Wesley llamó Perfección Cristiana. A la vez que el término se oye intimidatorio, lo definió con cinco características principales: (1) amar a Dios con todo el corazón, (2) un corazón y vida dedicados a Dios, (3) la recuperación de la imagen total de Dios, (4) tener toda le mente que tuvo Cristo, y (5) caminar de la misma manera en que Cristo anduvo.

“Si por perfección alguien quiere decir algo más que perfección, no me interesa”, dijo Wesley (fmchr.ch/jwje). En otra parte, Wesley directamente conectó la Perfección Cristiana con el fruto del Espíritu, diciendo que la manifestación del fruto del Espíritu en toda palabra y acción es la Perfección Cristiana. Si la asunción de Wesley es correcta, luego el tópico del fruto del Espíritu no es un tópico menor y no se puede ignorar.
Con esto en mente, debemos aceptar que no podemos truncar al Cristianismo a simplemente conseguir que alguien repita la oración del pecador. Por mucho tiempo esto ha sido el último enfoque de nuestros esfuerzos evangelísticos, pero convertir al Cristianismo en poco más que una transacción mental es casi reducir al Cristianismo a un encantamiento mágico. Hemos fallado en ayudar a que la gente experimente la plenitud de la vida cristiana si no unimos el Espíritu Santo a la nutrición de sus vidas para que se vuelvan productivas.

Esto requiere que de verdad nos dediquemos a las personas a las que ministramos. Ellos ya no pueden venir al altar una semana y a la siguiente desaparecer para nunca aparecer de nuevo. Deben convertirse en nuestra familia y debemos dedicarnos a ellos tanto como a nuestra carne y sangre. Es verdad, será muy difícil convertir estos pequeños árboles en algo productivo, pero por fortuna tenemos a un hacedor de milagros de nuestro lado. Y mientras estos nuevos cristianos fijan su mirada en el fruto de la vida de Jesús y en nuestras vidas, comenzarán a encarnar esos frutos por sí mismos.

Producir fruto es discipulado. Es nuestro llamado a crecer más que la mera salvación, continuar en nuestra santificación, continuar hacia la Perfección Cristiana, llegar a ser una nueva creación. Si podemos ser personas gozosas, pacificadoras, pacientes, amables, buenas, fieles, gentiles y con dominio propio, luego tendremos la imagen de Dios en tanta plenitud como sea humanamente posible. Seremos un pueblo renovado en amor. Derramaremos nuestra carne y nos vestiremos del Espíritu (Romanos 8:1-11) y produciremos fruto que se yuxtaponga a las cosas que nuestros cuerpos físicos desean (Gálatas 5:19-24). Comenzaremos a vernos como Jesús y mostraremos al mundo un vistazo de humanidad redimida y restaurada. Su fruto en nosotros nos cambiará a nosotros y al mundo.

Comienza con el Amor
Es verdad que es importante producir todos los frutos, pero tenemos que comenzar con el amor, pues la Biblia constantemente nos llama la atención sobre el mismo. Cuando producimos este fruto, probablemente aceleraremos el crecimiento de todos los demás.

A fin de producir el amor, primero debemos entender que Dios nos consiente demasiado. Conoce cada detalle de cada uno de nosotros porque Él nos formó en el vientre de nuestra madre (Salmo 139:13). Es tan meticuloso con nosotros que incluso ha contado los cabellos que tenemos en nuestra cabeza (Mateo 10:30). A Él le interesan los minúsculos detalles de nuestra vida. A pesar del polvo de nuestras vidas, Él nos escogió a nosotros. ¡Para Él valemos mucho! Literalmente moriría por nosotros para demostrarlo, y de hecho ¡Lo hizo!

Dios no es parcial. Él no hace acepción de personas. Es amoroso con nosotros sin importar nuestra identidad racial, cultural étnica, religiosa o sexual. Él nos cuida a todos—los que estamos con Él y los que en su quebranto, nos desgarran al resto de nosotros.

Él es el Dios del pródigo. Él deshace fiestas y celebra a aquellos que se acercan a Él, incluso después de que sus acciones han sido increíblemente un insulto. Él ama a los que se siente acabado y agotado; los menores de los menores de los menores; del pobre y del indigente; el débil y el maltratado; el despreciado y el raro; incluso el religioso, el rico y el poderoso.

Él sana a los que merecen estar enfermos. Es paciente con los que merecen un rápido castigo. Él muere por aquellos que le quitaron la vida. Él ofrece el perdón a aquellos que aún tienen que aprender que tienen personas a quienes ellos mismos deben perdonar. Él pone Su Santo Espíritu dentro de nuestros cuerpos imperfectos, mismos que siguen estando sujetos a toda clase de cosas impuras.

Eso es el amor. Eso es Jesús. Este es el fruto que el Espíritu Santo quiere que crezca en nosotros. Cuando los cristianos permiten que el Espíritu lo haga, el mundo comienza a creer que el reino de los cielos es real. Se dan cuenta que son ciudadanos de otra tierra (Filipenses 3:20), porque ciertamente nosotros no nos parecemos a los que son de aquí, ni vivimos como ellos.

Jamin Bradley es un presbítero Metodista Libre que sirve como el pastor principal de 1208 Greenwood—una iglesia comedor en el centro de Jackson, Michigan, donde comen y adoran juntos a la vez. Él ha publicado algunos álbumes musicales y tres libros. Este artículo es un fragmento adaptado de su libro “Una probadita de Jesús: Produciendo el Fruto del Espíritu” (fmchr.ch/jbtaste).

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