En Busca de mi Identidad… en Jerusalén, en Bangladesh, en la Escritura

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Recuerdo la primera vez. Estaba sentada en la plaza de piedra en el muro occidental en Jerusalén. Había caído la noche y estaba rodeada por miles. Entre los murmullos, escuché hebreo, francés, ruso, alemán y polaco. Había otros, pero mi atención se la llevaban las voces en inglés de los que estaban sentados en el círculo junto conmigo. Nuestro pequeño grupo—líderes ministeriales Católicos, Ortodoxos y protestantes de Canadá, India, Irlanda, Rusia y los E.U.- recordábamos juntos el día de Tisha B’av. En este día tradicional de ayuno, nosotros conmemoramos la destrucción del primer y segundo templos, entendiendo el cambio del nombre como el día más triste en el calendario Judío.

Nosotros, como todos los que estaban en la plaza, leímos las escrituras todos juntos en voz alta, pidiendo que las Palabras de Dios penetraran profundamente en nuestra alma. Aunque la cadencia, lenguaje y velocidad variaba entre los grupos, todos leíamos el mismo texto, Lamentaciones Capitulo 1–5.

¡Ay, cuán desolada se encuentra la que fue ciudad populosa!

Tiene apariencia de viuda la que fue grande entre las naciones! hoy es esclava de las provincias…

Ante de esa noche, solo había experimentado el leer la escritura en porciones cortas: algunos versículos a la vez, una parábola de Jesús, (un corto) salmo – de prisa como si leerlo interrumpiera partes más importantes del servicio.

¡Ay, el Señor ha eclipsado a la bella Sion con la nube de su furor!

Desde el cielo echó por tierra el esplendor de Israel

Las palabras lanzadas hacia la noche me envolvieron. Empecé a entender más profundamente las palabras en Hebreos 4:12, “La palabra de Dios es viva y eficaz.¨ Las palabras se acomodaron por si mismas en una oración de lamento y triste canción. Ellas reverberaban con generaciones de voces antiguas que habían hablado antes. Lentamente empecé a reconocer mi lugar dentro de la gran historia — Yo era una hija adoptada del Rey de Reyes: una descendiente de fieles y espirituales ancestros —escuché de nuevo la Voz de Dios.

Capítulo 3. Mi turno de leer.

Yo soy aquel que ha sufrido la aflicción bajo la vara de su ira.

Me ha hecho andar en las tinieblas, me ha apartado de la luz.

La enormidad de las palabras se atoró en mi garganta, no podía hablar. No salía ni un sonido, solo silenciosas lágrimas. Y luego surgió otra voz, y eventualmente mi voz se reunió a ella para crear un coro, crescendo en el clímax.

Pero algo más me viene a la memoria, lo cual me llena de esperanza:

El gran amor de Dios nunca se apaga, y su compasión jamás se agota. Cada mañanase renuevan sus bondades ¡Muy grande es su fidelidad!

En medio de la desesperación absoluta, la esperanza de Dios permanece. Amor, compasión, fidelidad — es una verdad que retengo y comparto con otros. Recuerdo haberle leído años después Lamentaciones 3 en voz alta a Jorge (no es su nombre real) el día que fue su último en esta vida. Las palabras declararon el despertar de su fe en medio de su torrente de depresión y desesperación. Lo expresaron de una manera que la oración del pecador no lo hubiera hecho. Con ojos cerrados y lágrimas rodando por sus mejillas, solo susurró: ¨amen¨.

¡El oro ha perdido su lustre¡ ¡Se ha empañado el oro fino!

Las palabras siguieron cayendo como lluvia, construyendo la narrativa bíblica que conocía y amaba. Frases e ideas que había leído en silencio anteriormente habían ganado peso recién descubierto cuando eran pronunciadas en voz alta, recordándome pasajes relacionados, y acercándome más la historia bíblica. El Dios que se revela a Sí mismo y se da a conocer; el Dios que busca una relación con su creación desde Génesis hasta el Apocalipsis y más allá; era como si lo estuviera conociendo por primera vez- viendo las conexiones, entendiendo las percepciones, descubriendo nuevas preguntas. Mientras que conocía a Dios en nuevas maneras, me entendí más a fondo, como quien lleva Su imagen.

Recuerda, Señor, lo que nos ha sucedido; toma en cuenta nuestro oprobio.

Él mira, y ve. Él ve a cada Agar, Tamar, Ana, Dinah y Ruth. Él es el Dios de los marginados y olvidados; El Dios quien se presenta a Sí mismo a nosotros, prometiendo ser compasivo y Dios de Gracia, lento para la ira, abundante en amor y fidelidad, manteniendo amor por miles y perdonando la maldad, la rebelión y el pecado.

El cierre del Capítulo 5 resonó en la noche:

Permítenos volver a ti, Señor, y volveremos; devuélvenos la gloria de antaño. La verdad es que nos has rechazado, y te has excedido en tu enojo contra nosotros.

Con eso terminó el libro de Lamentaciones, pero la historia no. La historia no termina. Continua hoy, esparciéndose por todas las esquinas del mundo: al lado de ventanas con vidrio teñido, y bajo arboles chamuscados, en oficinas ejecutivas y sobre montones de basura. La palabra de Dios nunca se ha quedado dentro de las Escrituras. No fueron hechas para solo leerse en silencio por hombres aislados. Es una historia— una historia viviente— hecha para ser exaltada por los lectores y destinada a ser recibida por las audiencias. La historia respira dentro de la comunidad y encuentra toda su expresión cuando se lee en voz alta y se vive de manera radical.

Como los apóstoles en Hechos. Como los creyentes en Bangladesh.

Recuerdo la ocasión más reciente, una reunión anual de Pastores en Bangladesh – pastores cuyas fotos no puedo mostrar, y sus nombres no puedo pronunciar, enfrentándose a peligros que nunca conoceré. Y aun así expresan gozo y afán cuando se les pide leer en voz alta la Palabra de Dios. Dos, tres y cuatro manos levantadas. Tres pastores saltaron para ponerse de pie. Algunos simplemente empezaron a leer. A aquellos que tienen problemas para leer palabras difíciles se les ayuda gentilmente. El conjunto de amenes llegó cuando se terminó el pasaje.

Sus voces se unen con otras que han leído las Escrituras en voz alta en sus comunidades. Moisés, Josías, Esdras, Jesús, Timoteo y otros que las leen el día de hoy. Melanie, Pam, Kathy, Janie, Karli; nosotros somos la gente de la Historia, pero si no escuchamos la Historia, no podemos conocer la Historia. Pablo preguntó: “Ahora bien, ¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán si no hay quién les predique?” (Romanos 10:14). Predicar es simplemente proclamar las Buenas Nuevas, y ¿qué palabras podrían anunciar algo más profundo que las de Dios?

Él nos ha dado la Historia. Compartámosla y hablémosla. Juntos, con fuerza y en comunidad.

Kristen Bennett Marble es anciana ordenada Metodista Libre, pastora de la iglesia West Morris en Indianapolis y autora de “Las Escrituras de Jesus y la Iglesia Temprana” (fmchr.ch/kbm). Visiten kristenmarble.com para aprender mas sobre ella y leer mas sobre sus escritos.

 

 

 

 

 

 

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