Los Reyes Granjeros y las Reinas Jardineras

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¿Qué es lo que coloca en lugar aparte a los seres humanos de todas las demás criaturas sobre la tierra? ¿Qué exactamente — sin contar los pulgares opuestos a los demás dedos, bien adaptados para escribir textos en tu iPhone — constituye la obra maestra del excepcionalismo humano? ¿Es nuestra capacidad para el raciocinio? ¿Nuestra consciencia moral sobre la matización de la ética? ¿Nuestra inclinación a derramar lágrimas al escuchar a Mozart, o reír cuando un gato se encuentra con un pepino?

El término “imagen de Dios” se usa primeramente para describir la cualidad particular de que los humanos son únicos en Génesis 1:26-27. Para entender lo que la Biblia dice con la frase, tenemos que buscar en el retrato anterior de Dios en cuya semejanza estas nuevas criaturas ahora se están formando.

La primera cosa que resalta acerca de Dios en Génesis 1 es que Dios es poderoso. El telón se levanta en un escenario de tinieblas y desorden. En su libro “The Liberating Image” (La Imagen Liberadora, fmchr.ch/middleton), J. Richard Middleton observa: “El patrón de Fiats divinos y reportes de ejecución”— i. e.  “Dios dijo. …  y fue así”— “sugiere que la creación constituye un reino de pacto en el que cada creación se somete voluntariamente a la palabra del creador-rey”.

En otras palabras: Dios es retratado en esta escena introductoria como un monarca rodeado por Su corte, ejerciendo autoridad sobre Su dominio. A Su palabra el cosmos se pone de pie. Se alinea de acuerdo a Sus órdenes- Como el Rey lo ordena, así se hace.

Pero hay mucho más en consideración sobre este Creador-Rey que el simple ejercicio del poder. El Dios del Génesis 1 también es maravillosamente jocoso, un artesano consumado, parece disfrutar de cada color y de cada sonido — “¡Revisen ese triceratopus que acabo de inventar!” Un herbívoro de 12 toneladas. Volviendo a hablar en serio. ¿Qué tan bueno es eso? El universo toma forma bajo la mano de Dios, la forma concreta de los sueños del Artista. Las galaxias se esparcieron por un gozoso soplo de creatividad.

Si el Dios de Génesis 1 se retrata distintamente como un administrador y artista, parece razonable esperar que los mismos atributos centrales se acumulen en las criaturas específicamente diseñadas para parecerse a Él. Y esto es exactamente lo que encontramos. Cuando se hace referencia por primera vez a la imagen de Dios en Génesis 1:26, aparece en conjunción con un mandato de “tener dominio”. El Rey cósmico ha tomado la decisión de traspasar parte de Su dominio. El hombre y la mujer son introducidos a la escena como una realeza inferior, pero dotada con autoridad temporal. El poder puesto en sus manos es hermosa y terriblemente real. Sin importar a dónde vayan desde aquí, para bien o para mal, el resto de la tierra los seguirá.

La autoridad impartida a la humanidad es ilustrada por Génesis 2 al darles nombre a los animales, Dios ha formado a las criaturas. Pero el nombre que les dan los humanos es el que se les queda. El “ornitorrinco” así se llamará (aunque no parezca buena idea), porque a los humanos así se les vino a la mente. Aquí encontramos un eco del poder del fiat divino de Génesis 1. Los seres humanos se han convertido en genuinos hacedores de la historia. El resultado de la historia no será el mismo sin importar lo que ellos hagan.

Si la autoridad divina de alguna manera ha sido compartida con los seres humanos, el arte divino también se les pasa a ellos. En Génesis 2:5 se nos dice que el incipiente planeta tierra no tenía vegetación por dos razones—porque no llovía y porque no había seres humanos que labraran la tierra. La creación es incompleta, y así se quedará hasta que los seres humanos la toquen.

A diferencia de otras historias antiguas de la creación, en Génesis los seres humanos no son creados simplemente como siervos de los dioses. Ellos reciben un lote de terreno y sacan algo de provecho. Esta no es una misión de mera preservación, de sumergir al mundo en formaldeido para asegurarse de que nada altere su prístina perfección. Más bien, los seres humanos reciben el encargo de volverlo al revés, extrayendo de él lo que aún no existía.

La imagen de Dios en la Biblia involucra nada menos que un poder para darle forma al mundo. Es la autoridad, dada por Dios, de crear orden a partir del caos. Es la capacidad de plantar belleza, de sembrar bondad y vida, de cultivar el florecimiento de todas las demás cosas creadas. Edén, debíamos de tenerlo claro a estas alturas, no es lo que muchas veces suponemos. Es un mundo sin corrupción, pero no es un mundo completo. El suelo es rico y lleno de posibilidades, pero lo que surja dependerá tanto de Dios como de los seres humanos.

Y no solo es la creación la que está incompleta. También los seres humanos. En Génesis 5:3, Adán tuvo un hijo, a su imagen y semejanza, que se parecía a él en todo—un lenguaje que hace eco de Génesis 1:26. En el contexto de la relación entre padre e hijo, el significado de esta imagen parece obvio. Muchas veces los hijos se parecen a los padres de manera muy notable. Incluso al nacer, los examinamos en busca de señales del linaje en la forma de sus ojos (o algún rasgo de carácter).

Pero aunque el recién nacido posea el ADN, los pequeños bloques de la imagen de los padres, la semejanza es incompleta. El parecido se incrementa con el tiempo a medida que el niño va creciendo. Por medio de un proceso de imitación, aprende a caminar de la misma manera que lo hace su padre—aun imitando las idiosincrasias de su característica zancada. Como muchos de los padres de niños pequeños han descubierto, para su mala fortuna, que los niños rápidamente aprenden escuchando cuidadosamente para hablar como lo hacen sus padres

Génesis 3:8 nos presenta a Dios caminando por el jardín con la frescura del día. Este extraño detalle adquiere significancia a la luz de la naciente imagen. Estos seres humanos recién formados están diseñados para aprender a caminar erectos al imitar las zancadas con Dios. Se supone que aprenderán bajo el Maestro Jardinero, aprendiendo con Él a cultivar con generosidad y compasión, como ejercer el poder apropiadamente, para que todo florezca. Se espera que el parecido crezca con la práctica y la relación.

Sin embargo, este es el momento en que la historia toma un giro trágico. Los seres humanos tan pronto como descubren que tienen pies, dan sus primeros pasos para alejarse de Dios. Pero para bien o para mal, el poder formativo de la imagen conforme al mundo no ha surgido de la humanidad hacia el jardín. Ellos siguen cargando con él cuando atacan por su cuenta.

La autoridad impartida, destinada a la bendición del mundo, ahora se convierte en su maldición. Los seres humanos siembran la violencia y el dolor; cultivamos la muerte en lugar de la vida. Hacemos la guerra que arrasa la tierra, unidos solo para construir poderosos imperios corrompidos por su ubre (Véase Génesis 11). Utilizamos nuestra habilidad creativa para crear los monstruos que nos consumen. El poder que queda de la imagen es suficiente sólo para arrastrarnos hacia abajo, llevándonos en nuestra caída al resto de la creación.

La palabra imagen en hebreo, tselem, también puede significar “ídolo”. Esto es para lo que los seres humanos fueron creados, para ser ídolos—pequeños, locales, representaciones vivientes del Dios viviente. Pero en lugar de ser ídolos, los seres humanos crearon ídolos. Adoramos con nuestro intelecto, nuestra pasión y nuestra atención. Imágenes menos importantes hechas por la mano del hombre.

Las consecuencias son nefastas. Porque cualquier cosa que el hombre adore, es a lo que llega a parecerse. Porque como dice el salmista en el Salmo 115:8: “Semejantes a ellos son sus hacedores (de ídolos), y todos los que confían en ellos”. Nosotros adquirimos la ceguera de nuestros ídolos, su sordera, su dureza, su insensibilidad. En lugar de crecer hacia una imagen divinamente madura, la humanidad comienza a crecer hacia abajo, hacia la imagen de una distorsión.

En la ley del Antiguo Testamento, Dios repite con frecuencia: “Sean santos como yo soy santo”. Este es un llamado a regresar a la verdadera semejanza. La ley, con sus prohibiciones en contra de la idolatría y sus detalladas instrucciones para la adoración correcta, están diseñadas para atraer a la humanidad de nuevo a su alineación con la verdadera imagen. Pero la distorsión está tan arraigada. La imaginación humana ha sido destemplada y torcida, igual que todo lo demás. No solo continúan las personas alejándose cada vez más de la semejanza, nadie puede ni siquiera recordar cómo se supone que era la imagen original.

Esta es la escena en la que Jesús entra — la que Colosenses describe como “la imagen del Dios invisible”, aquel por quien “todas las cosas fueron creadas” (1:15—16). Él es la revelación de la autoridad propiamente encauzada. Él es el rostro del poder creativo, dirigido hacia la vida y la sanidad. Aquellos que conocen a Jesús no solo conocen al Creador invisible. Conocen la imagen completa y totalmente madura.

Jesús es la revelación de aquello que debía ser la humanidad. Pero ver sólo la intención no es suficiente. Todo intento de impulsarnos hacia arriba simplemente tiene como resultado romper las correas de nuestro calzado. Hemos perdido la capacidad básica de caminar erectos, como al principio La distorsión se ha apoderado de una vida monstruosa para sí. De modo que por medio de la cruz, Jesús va a la guerra en contra de la distorsión misma. Él nos libera a fin de que el Espíritu pueda comenzar a deshacer sus efectos.

En Juan 20:22, el Cristo resucitado sopla sobre sus discípulos. Esto es lo mismo que hizo Dios en Génesis 2, dándoles vida a los recién formados seres humanos. Aquí el mundo comienza de nuevo. El sistema está siendo reiniciado y vuelto a poner sobre sus rieles para desarrollarlo como siempre había sido el propósito. La tierra por fuera de la tumba el día de la Resurrección está húmeda con el rocío de la nueva creación.

En esta nueva creación, Jesús entrega un regalo — el Espíritu Santo. Por el Espíritu, Dios ahora camina a nuestro lado por el mundo, tal como lo hizo Dios en el jardín. El Espíritu gradualmente nos atrae hacia una semejanza divina cada vez más grande; 2 Pedro 1:3–4 dice que hemos recibido lo que necesitamos para “compartir la naturaleza divina”. Hemos recibido lo que necesitamos, en otras palabras, a fin de finalmente crecer. Pero esto no sucede de forma instantánea. Igual como sucedía en el Génesis. El proceso de madurar hacia una verdadera imagen divina es a lo que los teólogos llaman “Santificación”.

El Espíritu nos enseña cómo andar en los pasos de Dios. Los cristianos hemos llegado a ser aprendices de Jesús, aprendiendo el verdadero arte de la creación. Al seguirlo, aprendemos cómo cultivar el amor y la gracia, cómo sembrar vida y sanidad. Bajo la tutela del Artista Maestro, aprendemos cómo manejar la brocha con brochazos precisos y divinamente hermosos. La vida cristiana es un proceso por el que nuestras distorsiones son deshechas y finalmente crecemos a nuestro verdadero yo. Aprendemos cómo mantener de la manera correcta nuestro poder de darle forma al mundo, cómo ejercer nuestra autoridad de tal manera que verdaderamente nutramos y hagamos prosperar todas las cosas.

La adoración es un ingrediente crítico de este proceso, debido a que las distorsiones se van deshaciendo particularmente cuando adoramos y oramos. Cuando nos volvemos de nuestros ídolos y captamos la belleza, lo que queda de la falsa imagen comienza a desvanecerse. Somos cambiados por lo que vemos. Como dice en 1 Juan 3:2: “Cuando Cristo venga seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es”. Incluso ahora cuando sólo podemos echarle a Él un vistazo, la semejanza se comienza a ver.

Todo seguidor de Jesús que vive en la nueva creación ha recibido, igual que Adán y Eva, una porción de suelo para trabajar, en el hogar, en el estudio, la oficina, o en el piso de tu camión de trabajo, todo depositario de la imagen recibe un lote de terreno para nutrirlo y llegar a la plenitud diseñada por Dios. A donde quiera que vaya un cristiano el mundo debe cambiar, por dondequiera que pase un cristiano. Al final los reyes granjeros y las reinas jardineras pueden abrazar su verdadera vocación — sembrar vida.

Al final de la Biblia, en el Apocalipsis, la humanidad termina en una especie de Edén, caminando con Dios entre lechos de hojas y corrientes de agua. Pero la historia no ha regresado exactamente a donde comenzó. La nueva creación no es un duplicado del mundo viejo—es la terminación del mismo. El jardín es ahora una ciudad floreciente. Es un mundo marcado por el dedo de Dios, pero también tiene la marca de los dedos de la humanidad redimida. La creación finalmente ha llegado a ser lo que Dios siempre quiso que fuera, un mundo de bondad, cultivada y nutrida por Dios y los seres humanos juntos. Trabajando el rico suelo, hombro con hombro.

Meghan Larissa Good es la autora de “The Bible Unwrapped: Making Sense of Scripture Today” (La Biblia Desenvuelta: Darle Sentido a la Escritura Hoy, fmchr.ch/mlgood), y pastora profesora de Glendale, Arizona. Tiene grado de Bachiller en Artes del Colegio Gordon, y Maestría en Divinidad, de la Escuela de Divinidad Duke, y recientemente terminó un Doctorado en Ministerio en el Seminario Portland donde recibió el Premio Buechner, por Excelencia en la Predicación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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