Viendo la Imagen de Dios en Otros

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Es un miércoles por la mañana del mes de noviembre de 2018, y estoy de pie en la primera fila en la capilla de la Universidad de Greenville. El grupo de alabanza comienza a cantar: “Abre mis ojos oh Cristo. Abre mis ojos, Señor, yo quiero verte, yo quiero verte”.

Irónicamente, cierro mis ojos mientras fervientemente pido al Señor que se me revele a mí. Lo reconozco, hay mañanas en las que no tengo tanto ánimo al ofrecer mi adoración al Señor en canto. Sin embargo, esta mañana realmente estoy adorando. Yo quiero verlo: El Rey de Reyes, el Señor Todopoderoso, el Justo, el Gran Yo Soy. Luego repetimos el coro: “Abre mis ojos oh Cristo. Yo quiero verte”.

Y luego sucede lo más extraño. Escucho una voz desde lo más profundo de mi ser que me dice que yo abra mis ojos, y si lo hago, ¡entonces lo veré!

Yo abrí mis ojos, sabiendo que mi visión consistiría principalmente de jóvenes entre 18 y 22 años de edad, muchos del sur de Illinois, algunos del este de St. Louis, y otros de California, Arizona, Texas, Florida, México, Vietnam, Ecuador, China, Venezuela, Croacia, Ghana, y muchos otros lugares que probablemente nunca he visitado. Muchos de estos estudiantes son cristianos, pero no todos. Muchos de ellos estaban adorando junto conmigo, pero no todos. Me imagino que muchos de ellos probablemente estaban tratando de terminar alguna tarea; otros probablemente estaban revisando Facebook, Instagram. Sin embargo, parecía que Dios me estaba diciendo que si yo quería ver Su rostro, entonces tenía qué abrir mis ojos y mirar sus rostros.

Hace muchos años entendí que yo he sido creada a la imagen de Dios. Esta revelación me produjo una gran libertad y un gran sentido de mi identidad en Cristo. Es maravilloso saber que he sido adoptada en la familia de nuestro buen, buen Padre, y que no hay nada que yo podría posiblemente hacer para hacerlo que me ame más. Esta revelación me cambió, y cambió la manera de verme a mí misma. Sin embargo, ver a otros a la imagen de Dios no solo me cambia a mí; lo cambia todo. La verdad que no es muy fácil de digerir es que cada persona—cada persona—lleva la imagen de Dios. Esto incluye a los que se parecen a mí y los que no.

Génesis 1:27 claramente nos dice que Dios “Creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó”.

En otras palabras, no ha nacido nadie sin que sea una creación de Dios a imagen de Dios, sin duda alguna hay muchas personas que obviamente son portadoras de la imagen de Dios. Puedo recordar a mis propios mentores, pastores y demás. No se necesita una gran cantidad de fe, de mi parte, para verlos como portadores de la presencia de Dios y de su imagen. ¿Pero cómo puede ser que todas las personas hayan sido creadas a Su imagen?

Cuando el salmista escribió: “Tú creaste mis entrañas; me formaste en el vientre de mi madre. ¡Te alabo porque soy una creación admirable!” (Salmo 139:13-14a.); él estaba hablando no solo de sí mismo sino de toda la humanidad — de cada uno de nosotros

Por supuesto, el desafío consiste en que muchos “(están) alejados de Dios y (son) sus enemigos en sus mentes por su actitud y sus malas acciones”, según Pablo lo explica en Colosenses 1:21. Sin embargo esto no niega el hecho de que ellos—como tú y yo—¡fueron creados a la imagen de Dios! Yo también estaba alejada de Dios, viviendo para mí misma. Pero afortunadamente, según Pablo, hay un “pero ahora” — “Pero ahora” he sido reconciliada con Dios (v. 22).

En una de las cartas de Pablo a los Corintios, él procede a decir que ahora hemos recibido el ministerio de la reconciliación (2 Corintios 5:18). Como portadores de la imagen de Dios que han sido reconciliados, nuestra tarea ahora es llevar las buenas nuevas, la esperanza del evangelio, a esos portadores de imagen que siguen alejados de Cristo. Si los vemos como meros pecadores, luego existe el peligro de solamente juzgarlos en lugar de alcanzarlos en amor. Y si realmente entendemos las Escrituras, debemos ser capaces de ver a Cristo en cada uno de ellos. Dietrich Bonhoeffer lo describe de esta manera: “Mientras haya personas, Cristo andará en la tierra como vecino tuyo, como aquel a través de quien te llama, te habla, te hace demandas” (fmchr.ch/dbonhoeffer).

Santiago nos recuerda que “Con la lengua bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a las personas, creadas a imagen de Dios” (Santiago 3:9). ¿De modo que cómo podemos bendecir en lugar de maldecir a esos portadores de la imagen de Dios que aún no conocen a este gran Dios de amor y misericordia incondicionales? Aquí ofrecemos algunas sugerencias:

Prodigando dignidad a los ancianos, a las viudas y a los huérfanos, honrando así la imagen de Dios en ellos, rescatando a los que han sufrido el tráfico de personas, demostrando nuestra creencia de que han sido delicada y hermosamente creados; procurando la unidad racial y la reconciliación, concordando en que no hay hombre ni mujer, judío ni gentil, esclavo ni libre porque todos somos uno en Cristo Jesús (Gálatas 3:28), siendo hospitalarios con los desconocidos, los inmigrantes y los refugiados, ministrando a sus necesidades como si lo hiciéramos con Cristo mismo (Mateo 25:31-46). O a una escala menor, sonriéndole a la persona que viene en la fila detrás de ti en cualquier establecimiento, o invitando al estudiante o al vecino solitario a comer el mediodía de un domingo.

Todo esto me hace pensar cómo nuestra comunidad podría cambiar si realmente creyéramos que todos son hechos a imagen de Dios. C. S. Lewis escribió: ”No existen personas ordinarias. Tú nunca has hablado con un simple mortal. Naciones, culturas, artes, civilizaciones—todas son mortales, y para nosotros, sus vidas son como la vida de una pulga. Pero es la inmortalidad con la que hacemos bromas, con la que trabajamos, en la que nos casamos, desairamos, y explotamos (fmchr.ch/cslewis). En otras palabras, después de Dios, las personas son los seres más sagrados sobre la tierra simplemente porque han sido creados a la imagen de Dios

Para cuando terminé de cantar: “abre mis ojos oh Cristo” por tercera o cuarta vez aquel miércoles por la mañana en la capilla, comencé a entender más claramente la verdad expresada por Jean Valjean en el musical “Les Misérables”. “Amar a otra persona es ver el rostro de Dios” Ver el rostro de Dios en aquellos que te rodean no sólo te cambiará a tú, lo cambiará todo.

“Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí” (Mateo 25:40).

Kathie Filby es presbítero Metodista Libre en la Conferencia Gateway donde sirve como evangelista conferencial. También sirve como primera dama de la Universidad de Greenville.

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