Trayendo el Cielo a la Tierra

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Una pareja de amigos misioneros y yo andábamos de excursión en un campo mexicano, hablando acerca de la vida, y disfrutando nuestro día libre de nuestras clases especiales para niños con capacidades diferentes. Como veinteañeros inquisitivos, tenazmente determinados a encontrar respuestas a nuestras más profundas preguntas teológicas, inevitablemente alguien preguntó: ¿Cómo piensan que es el cielo?

Mientras continuábamos con nuestro paseo, soñábamos en voz alta en comer acompañados de C.S. Lewis y tomarnos un café con Dietrich Bonhoeffer en un paraíso en abundancia, un marcado contraste con el desierto estéril y abrasado por el sol que se extendía en torno nuestro, pero el choque producido por el espíritu de la conversación. Después de todo, el cielo y la tierra—como nosotros lo entendíamos—estaban irreconciliablemente en lugares opuestos uno del otro.

Sin embargo, aunque no estábamos conscientes de ello, mis amigos misioneros y yo estábamos tratando de crear piezas del cielo en nuestra pequeña porción del mundo. No era porque tuviéramos una unción especial, ni siquiera capacidades especiales. Habiendo cumplido apenas los veinte años, yo no tenía ningún negocio en enseñar a niños con necesidades especiales. La mayoría de mis compañeros tampoco estaban muy calificados.

Lo que teníamos era amor para dar, de modo que atendíamos a los niños que se nos perdían por las grietas. Compartíamos nuestra comida y la paz de Dios con los trabajadores migrantes de las zonas vecinas quienes eran explotados durante el día por empleadores sin escrúpulos y vivían entre perros salvajes en los campos de labor durante la noche. Nosotros tratábamos de llevar belleza a la comunidad lo más que podíamos.

Y también teníamos a Julia, una encantadora niña de 6 años con síndrome de Down a quien yo cuidaba todos los días. Todas las mañanas pasábamos a recogerla en su casa construida con varas y bolsas de plástico enrrolladas con las que se formaban las paredes. Ella aparecía con su estómago vacío pero con una carita que era toda sonrisas.

La personalidad espiritual de Julia me encantó desde el principio, ella tenía una alegre inocencia que fundía mis problemas, un corazón que de ninguna manera era proporcional a su tamaño físico. A pesar de las barreras físicas e intelectuales que ella enfrentaba, tenía mucha disposición de aprender. Le enseñé cómo pasear en bicicleta — me dio muestras de más profundidades de amor y gozo.

Julia era mi pedacito personal de cielo, y posiblemente la compasión y cuidado que yo le daba fue un reflejo del cielo también para ella.

No sólo vi al cielo en el servicio. Todo estaba en torno mío. Lo encontré en las sencillas alegrías de excursiones de fin de semana con buenos amigos entre los bosques de cactus. Lo vi en el sol quemante surgiendo sobre las montañas de roca roja mientras recogíamos a nuestros estudiantes de la escuela temprano en la mañana. Me llegaban las fragancias de los naranjales y árboles de guayaba que crecían al otro lado de mi ventana. Lo sentí en la riqueza de la comunidad, especialmente en las noches cuando mis compañeros y yo “escarbábamos” en busca de queso para quesadillas, y nos escurríamos alrededor de la mesa en nuestra casa móvil, riéndonos y hablando toda la noche — momentos que siempre llevaremos como un tesoro.

Asociándonos con Dios para Crear el Cielo

A lo largo de mi vida, me he visto expuesta a muchas diferentes versiones del cielo: desde interminables canciones de adoración hasta discusiones de una cantidad metafísica sobre el más allá en las clases de filosofía en la universidad hasta representaciones posmodernas en nuestro mundo de horario estelar de cultura pop. Amamos la paz mental que recibimos al imaginar un lugar caprichoso allá en el horizonte.

Algunas veces pienso si no hablamos sobre eso más de lo que lo hace la Biblia. La Nueva Versión Internacional menciona el cielo 422 veces, pero se refiere a la justicia social más de 2,000 veces. Posiblemente la mejor manera de poder entender el cielo sea perseguir la intención original de Dios para la tierra: donde todas las vidas se evalúan igualitariamente, donde todas las personas experimentan libertad y prosperidad, donde toda la creación es unida e integral.

El cielo es lo que ofrecemos cuando llevamos esperanza a lugares oscuros. Tengo amigos en Amsterdam que llevan platos de humeante sopa a mujeres que se han visto forzadas a vender sus cuerpos en las heladas calles del distrito de la luz roja. Como muchas de estas mujeres han sido traficadas de países distintos a Holanda, mis amigos les llevan sopas originarias de sus países de origen, para no solo nutrir sus cuerpos sino para llevar calor a sus almas mientras establecen buenas relaciones.

He visto pedacitos de cielo en todas partes del mundo por medio de mi trabajo con el Movimiento de Liberación, movimiento no lucrativo bajo la Iglesia Metodista Libre que busca desarraigar las causas del tráfico humano. He sido testigo con los líderes de Liberación como Kelly, quien participa radicalmente en la hospitalidad brindando alimentos, vestido, amor y la afirmación de la dignidad de las mujeres en el tráfico sexual en Portland. Nuestros equipos en Seattle, Washington, y Spring Arbor, Michigan, están creando paquetes de cielo, exponiendo inversión en jóvenes en riesgo, e interviniendo en los albergues en la línea del tráfico. He visto a nuestro equipo en Illinois como las manos y los pies de Jesús, a la vez que llevan sanidad y salud integral a las vidas de mujeres jóvenes sobrevivientes de la explotación sexual.

He visto al cielo iluminarse por medio de nuestros líderes nacionales en la Filipinas mientras equipan a los pastores Metodistas Libres para proteger a sus congregaciones y comunidades de la industria del billón de dólares del tráfico del ciber-sexo.

He visto el cielo en los barrios empobrecidos, racialmente divididos en Bulgaria donde nuestros misioneros asociados, Chance y Dee Dee Galloway pasan sus días relacionándose con personas rechazadas y sirviendo a la gente que vive en zonas marginadas—personas que nadie más quiere ayudar. Ellos están derribando “el muro de enemistad” que separaba los grupos étnicos, y haciendo puentes para unirlos (Efesios 2:14).

La verdad es que no hay una persona que se sustraiga a este escrito. Dios no nos ha preparado para una misión imposible. Dios nos dotó a cada uno de nosotros con personalidades únicas, habilidades, recursos y oportunidades para ayudar a edificar el reino de Dios en la tierra y para ser un pedacito de cielo para otros.

Katie Bergman sirve como directora de operaciones y comunicaciones para el Movimiento de Liberación. Ella es la autora de “Cuando la Justicia Sólo Sucede” (whenjusticejustis.com), y co-autora de Urban Shalom: Restoring Hope and Justice to Communities Affected by Modern Slavery” (Paz Urbana: Restaurando la Esperanza y Justicia a las Comunidades Afectadas por la Esclavitud Moderna, fmchr.ch/ushalom).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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